Somos esencia de este planeta. Somos Muerte.

Con menos delicadeza, somos mierda. De la barata, formada por plástico, residuo humano defectuosamente expulsado y explosión de núcleo atómico. Somos todo eso mezclado y expulsado a la atmosfera en toneladas ingentes. Eso es lo que somos.

1. Cuando nos sentamos cómodamente en nuestro sofá a disfrutar de un documental histórico, gozamos cruelmente de la decadencia humana desde que nuestros antepasados inventaron el fotograma anexado a otros parientes y a velocidad de vértigo. Es decir, siendo puristas, nos encanta regodearnos en la historia real-visual de la hecatombe civilizada, las guerras odiosas de hombres contra hombres a favor de una raza o un dios ajeno. Eso ocurrió ayer y lo disfrutamos hoy como un eco del pasado prehistórico. Pero son nuestros abuelos, nuestros antepasados recientes, flacos y golpeados por profesar una creencia excusatoria del pillaje económico y la decadencia social. Y no nos hace sufrir, comemos palomitas y lo visualizamos como ficción impactante. Sin más.

Somos escoria.

2. Un japonés sin principio ni recorrido académico dijo la insensatez con megáfono de que la historia de la humanidad había terminado. Todas las posibilidades de revolución y cambio humano se habían probado y habíamos consensuado que esta asquerosidad que padecemos es el óptimo resultado de millones de vidas desperdiciadas. Y saltaron como canguros cientos de economistas liberales para abrazar la teoría del idiota que les había adecuado y asfaltado el camino que pretendían recorrer. Con un apellido complejo, ergo intelecutal, era el gurú fantasmagórico que necesitaban para establecer sus indignidades soterradas. Sin más.

Somos detritus.

3. En el país más extenso del planeta se gestó, desde 1905, la aventura humana más grandiosa y valiente que hemos conocido, comandada por una minoría de barbudos orientales que soportaron la derrota de la Moncada de los Urales primero, la victoria relativa doce años después y la estructuración de una plataforma que mantuvo el pulso de una guerra civil despiada y la conformación de un Estado realmente soberano en tiempo de paja. Ese sueño, ese despiadado acontecer sangriento intentó gestar la tierra de los hombres, del colectivo hecho carne social. El resto lo conocemos; México sangriento con piolet, gulags de extorsión intelectual y física, procesos contra los héroes desde los héroes vencidos y cautivos. Principio y fin del sueño. Lo tuvimos y lo perdimos. Sin más.

Somos cobardes.

Es lo que somos

4. Hoy nos sentamos frente al ordenador, todos, a presenciar la realidad alejada. Cercana geográficamente, pero lejanísima. Y no nos escandaliza; no nos subleva, más allá de ni siquiera reflexionar como empezó todo, en qué medida cuando la valentía triunfa nuestros representantes van a rebufo, y cuando decae, se arrastran hacia el pasado. En este Estado nuestro nos contaron, hace menos de dos décadas, que la empresa pública era un hotentote en nuestra espalda, una reminiscencia hecha de trabajadores deshilachados, sin ganas de estar a nuestro lado y que, más al contrario, remaban Guadalquivir arriba. Hoy nos solicitan contención en el gasto energético, limitación velocística, pero no para solidarizarnos con lo público patrio, sino con aquello que lo fue y hoy lo es de manos y manos que agarran papeletas en bolsas mundiales. No obstante, esa marca que venden como propia consigue sus usureros beneficios, en un 40%, en la tierra norteafricana que ayer era terrorista y hace minutos, antes de medianoche, era el redentor de lo siniestro. Segundos antes de esta lectura rozó nuevamente el lado oscuro, pero su animosidad bélica a la velocidad del rayo ha convertido la duda en nueva confraternidad todavía silenciosa de manera vertiginosa. Sin más.

Somos fariseos.

5. Nos morimos, ese es el hecho. Como especie y como sociedad. No hay remedio. Nosotros mismos desconfiamos de los grupos humanos que buscan otras alternativas de estructuración colectiva. Da igual si funcionan o no, nuestros medidores de opinión, a la vez dueños y señores de los medidores de acción, nos recuerdan que lo que no es como lo inventado cerca de casa no es de fiar. Qué divertida es la tertulia con aquel que recuerda “1984” como la ciencia ficción artesanal que debemos adorar los nostálgicos visuales de lo minoritario. Qué confundido está. Aquello es casi dibujos animados cándidos. A diario sufrimos cámaras en esquinas ocultas que vigilan nuestros pasos, ley en mano pero Derecho bajo la bota, policías abusones que antes de recordarnos nuestros argumentos escupen sobre nuestra tensión y nuestra impresunta honradez. Nos sentamos en alguna mesa, levantamos nuestra bandeja, encendemos aquella maquinaria o hundimos esta azada con el temor de que sea la última vez como si ocurriera por verbigracia de una divinidad más alejada en el universo de lo que estaba el harén de Zeus hace dos milenios.No tenemos dioses ya, pero creamos miedos más enérgicos y omnipotentes. Y los elegimos cada cuatro años, o lo soportamos como si no fueran con nosotros. Sin más.

Somos víctimas.

6. Desde la infancia, independientemente de nuestra voluntad de progreso académico, recibimos la apolítica información de la desestructura humana desde el comienzo de los tiempos conocidos. El ser humano ha sido un virus antropomórfico que, por esa misma evolución animal, ha conseguido crear y destruir al mismo ritmo. Ahora lo sabemos, nos creemos ilustrados por la capacidad de regodearnos en la supuesta incompetencia de nuestros ancestros. Y no aprendemos. Con la misma rapidez que pasamos una hoja del libro de texto obligatorio aplastamos un insecto esencial para la biodiversidad que rije nuestro privilegio.

Somos muerte.

Estamos Muertos.