Una de valientes

Nos cuentan que hubo una época, no muy lejana, en la que la voluntad y concentración de los ciudadanos, de forma reiterada y unívoca, era factor suficiente para atender la voluntad del colectivo en lo que a sus pretensiones políticas o económicas se refiere. Unión popular, claro está, masiva e indiscutible, por cuanto su representación es verbo de la inmensa mayoría del colectivo global a representar, llámese Estado, empresa o sector. Y se le escuchaba porque era y es la única manera, en el caso que ocupe, de poder transmitir su reivindicación. Evidentemente, ningún ciudadano, si tiene herramientas más eficaces y cómodas a su alcance, decidiría estar a la intemperie, tanto climatológica como humana, durante más de diez días, equilibrando su valentía grupal con el temor de ataques permanentes de milicias deshumanizadas o, quien sabe mañana, un ataque directo y desesperado de cuerpos armados.

Pues en este mundo interconectado, en el que muchos seguimos con suma atención lo que viene sucediendo en el centro de El Cairo como expresión resumida de la realidad de Egipto en general, y como continuación de lo que puede ser la segunda revolución en el mundo árabe desde su descolonización, parece ser que esa voluntad inquebrantable, que esa masificación de valientes decididos a cambiar las estructuras podridas del Estado que les pertenece, no va a servir de mucho para desequilibrar balanzas que se agitan a cada minuto. Es cierto que su determinación ha ido provocando gestos en el régimen mubakariano, pero esos movimientos dependen tanto o más de los mensajes y reuniones que se vienen sucediendo con los representantes de EEUU y la UE. Ahí se debate realmente como controlar un cambio, que por inevitable, no va a provocar un desajuste de control macroeconómico que ponga en peligro el movimiento dinerario y especulativo de los dueños del planeta.

¿Cuándo dejamos las sociedades civiles de tener voz? Probablemente cuando la entregamos sin miramientos a cambio de otras formas de negociación. No es extraño, salvando las inmensas distancias, que en países como el nuestro, púberes en lo democrático, ya no creamos en los esfuerzos de reivindicación social y una huelga general pase sin pena de gloria por nuestras narices como si fuera con otros el problema. En el caso egipcio, el pueblo norteafricano mantiene aún la esperanza de convertir su resistencia y reivindicación en hechos concretos, pero desgraciadamente lo que nos está enseñando esta experiencia histórica, es que los tempos se marcan desde despachos a un lado y otro del Atlántico, no desde el frio de la noche desde la tierra de los faraones.

Esta es la única palabra posible, la única realidad

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