Artilugio

Comprar aquel artilugio y declararse la tercera guerra mundial fue todo uno, cuestión de una simetría temporal instantánea. Lo más curioso es que, al salir de aquella ferretería, antes aún de enterarnos ¿gracias? al capataz de la obra de enfrente que nuestra muerte era cuestión de una antelación de telediario, Tejino y yo seguíamos empecinados en comprender que era realmente lo que habíamos adquirido. Ni siquiera hace una hora tuve claro qué hacíamos exactamente paseando por los pasillos de un establecimiento en el que sólo se ofertan productos pensados para actividades útiles; allí perdíamos el tiempo y, a la vez, disfrutábamos de un parque de atracciones confeccionado para otros niños.

Son recuerdos difusos los que se reservaron en el subconsciente universal, aunque estoy en nulas condiciones de afirmar que aquel elemento físico fue, desde su espacio reservado en el diminuto escaparate, lo que nos llevo a olvidarnos, al principio sin percibirlo, hasta treinta minutos gloriosos, de la cafetería siguiente y su jolgorio de copas. Brillaba con su aluminio imponente, militar, sobre varias cajas de plástico rellenas de lo que precisamente nos recordaba porque luchábamos pasivamente para que esos establecimientos se reciclaran en más botellas y más vasos. Pero esa belicosidad en su diseño, y sobre todo una radiación inconsciente nos hipnotizó, a partes iguales, porque Tejino me agarró fuerte de la mano y yo me dejé guiar hacia el interior de la ferretería, más encantado aún que él.

En mi convencimiento queda que el encargado (Tejino nunca me lo comentó, pero llegó a dolerme el hombro durante toda la expedición) fue arrollado por dos autómatas con bríos de hoolingans del bricolaje; la entrada tenía las dimensiones de una puerta de vivienda común, y su presencia reducida, llena de pelos como de simio amaestrado, hacía las veces de esos anuncios a tamaño natural de cartón, cerrando y abriendo el paso con una sonrisa irregular y desdentada. Pero esa presencia era todo en la puerta y lo tumbamos como lo que éramos, no clientes, sí fanáticos en busca de la piedra. Había verdad en nuestra búsqueda, pero a su vez nos encontrábamos cautivos de un remolino de obstáculos intrascendentes: estanterías repletas de cachivaches con sus respectivos carteles acartonados, fríos; pasillos y pasillos, ninguna ventaja. Si hubiéramos estado plenos de inconsciencia etílica seguro que ese enano displicente de la entrada hubiera sido el punto y final del trayecto, o, como mucho, Tejino reconsideraría el bochorno de poder ser vistos dentro de un negocio tan digno y me hubiese animado a tomar un par de copas como antesala preparatoria de las rutas a seguir por esos laberintos. Tejino debía haberlo hecho de cualquier manera, necesitábamos emborracharnos para sobrevivir, pero nada, los dos como mendrugos adentrándonos en busca del mito del escaparate, anonadados y encima aún sin saber que el final de la humanidad imagino que ya habría comenzado, que las primeras gasolineras (en Estocolmo o en Goteborg, o en otro territorio nórdico, de todas formas esa información ni nos llegó completa ni tampoco hubiera modificado en nada el destino de ningún ser vivo) habían comenzado a explotar, levantando los asfaltos de las ciudades hasta los surtidores de origen, hasta las refinerías de los confines costeros. Igual que cualquier individuo prevé, aunque sea tímidamente, sus deseos diarios, nosotros teníamos claro el destino de nuestros actos, emborracharnos hasta la noche o hasta la madrugada, dependiendo de lo que los camareros soportaran la estupidez de dos alcoholícos. Pero ese tesoro que nos iba a guiar como bobalicones por una maldita ferretería impidió que realizáramos un último acto deseado. Por las tardes, todos los ejecutivos huyen de sus centros de trabajo en busca del deseo, lo talleres y fábricas cierran como hormigueros destemplados de asalariados en busca de su escape, y nuestras mentes disipadas también nacían y morían cada día con varias necesidades a satisfacer, pendientes inicialmente de aportarnos una felicidad que residía en la insatisfacción en sí, no en su concreción posterior, que siempre fue un absoluto desastre. Pero qué carajo, aún así todos repetíamos, por algo sería.

Las primeras estanterías, creo que ya lo comenté agolpado a la presencia de nuestra entrada triunfal, se convirtieron en la recreación de un fiasco de museo: observábamos todos los elementos expuestos a paso veloz y cada vez más decepcionante. Preguntar hubiera tenido eso que se denominaba “coherencia”, justo un término simpático para el canibalismo mental que nos apretaba el cerebelo y nos iba aprisionando en la ansiedad de encontrarlo ya. Si ahora mismo pudiera disfrutar de la virtud del recuerdo, estoy seguro que podría afirmar rotundamente que la ferretería no disponía de más de cinco pasillos, pero en nuestra confusión aquel local, cuadriculado y en orden, se antojaba una gran pinacoteca europea, imposible de visitar en un solo día. La ventaja, eso creo que me lo recordó Tejino cuando me dio por la comparación en plan culto tras reírse con los dientes medio sueltos (ya estaban alertados los malditos, estaban con ganas de fuga), era que nosotros estábamos buscando la obra maestra, y nos importaban bien poco las restantes colecciones. ¡Qué grande el chico, se reía de mis ideas enlazadas pero rápidamente sabía utilizarlas para continuar la exposición! Parecía un hombre con estudios, pero eso no, poseía bagaje de todo tipo, mala baba, y por ahí es por donde creo que nada le podía superar. Salvo los malditos estantes, ese espacio desconocido. El mundo viniendo abajo y nosotros tan lejos del propósito. Nuestro bello principio de algo con sentido.

Como no podía ser de otra manera, o imagino que sí pero es curioso como las excepciones más exasperantes son las que uno recuerda y enlaza con otras anteriores, aunque sean antiquísimas en el recuerdo y en el hecho, para construir verdades siempre repetidas, formando una verdad de hechos sueltos, pues como podía y tenía más probabilidades de haber sido pero no fue, encontramos su gemelo (repetido encima, se doblegaba la fortuna en lugar de perder valor; yo creo que admiramos más la replica que el original del expositor exterior), lavado con puntas de óxido sobre una cajita de cartón repleta de eslóganes y advertencias en diferentes idiomas (todos prestos a la extinción, o ya extinguidos, bajo el caos del crudo estallando a cada paso de avenida). Manualmente discutimos durante largo tiempo, toqueteando su esfericidad con egoísmo y sin querer compartirlo. Parecía que ya estábamos en el bar a la hora de repartirnos la última copa que nos podíamos permitir. Si no llega a aparecer el encargado, a medias entre sus deseos de sacarnos a patadas y el miedo a apaciguar a aquellos dos lunáticos, estoy seguro que hubiera acabado brillando a cachitos por el suelo, aunque sigo convencido que esa era una visión temerosa del momento, porque aquello era indestructible, sin duda.

No discutimos el precio, básicamente porque volvimos a ponernos de acuerdo y a formar un conjunto recio justo cuando le cedí el total del bien y volvimos a arrollar al dependiente, esta vez con consciencia y con carcajadas histéricas, pero con menos naturalidad: Tejino bloqueó su capacidad poco desarrollada de velocista entre el paisaje de tantos cachivaches desconcertantes y la risa que se iba amontonando en su sistema nervioso, con el tiempo más que sobrado para que la mano velluda, desde el suelo, rabiosa, le alcanzara con un duro golpe al tobillo y lo enviara con los dientes de primera fila de batalla a las baldosas de mármol, con las manos bien sujetas a nuestro elemento de adoración, en dirección al techo.

Podía y debía haber aparecido una pelea, pero no fue. El resto de empleados ya se encontraban advertidos de nuestras escaramuzas en territorio hostil y rodeaban las salidas (uno, el más cercano, con una especia de llave inglesa gigantesca que mantenía apoyada al suelo con una sospechosa punta fina en cada dedo metálico). Creo que eso y el desastre sangriento, con los trocitos de marfil diminutos frente a sus ojos secos, hicieron reír aún más a Tejino, que me mostraba con la sonrisa deformada nuestro tesoro en alza. Era un ¡ganamos, ganamos! radiante; por eso sospecho que me entristecí por primera vez, a cada gesto alzando el huevo puntiagudo más lo miraba resignado pero sin temor. Algo de esa sensación, irreverente la suya, calma la mía, debió influir en el desarrollo de los acontecimientos (en ese espacio y tiempo, porque en el mismo tiempo pero el resto de espacios físicos terrenales ya el caos gobernaba el reino de la civilización, a todos lados de los océanos y levantando los mismos, con espinosas cadenas, como la cola de un cocodrilo, levantando las aguas a cada explosión subterránea, hasta desembarcar en nuevas tierras y nuevas devastaciones, éstas con formas de cactus rechonchos, salpicando miserablemente hormigones y desastres en todas direcciones, pero con cierta coordinación) porque en uno de esos ofrecimientos como de copa de campeón yo me acerqué y rescaté de entre los dedos de Tejino nuestra necesidad con una mano, mientras con la otra junté las suyas y lo levanté con firmeza, aún pareciéndome sentir que su boca y el mármol se habían amoldado y estaba cometiendo una amputación irreparable. Los empleados no aprovecharon ese momento para abalanzarse sobre nosotros, sintieron esa mezcla que ya expliqué (¿la expliqué?) de jolgorio y resignada a la vez, y abrieron la barrera para que pasáramos, Tejino todavía lanzando risitas cada vez más coaguladas y prensadas sus manos a mi cuello, hasta que decidí que era de justicia pagar nuestra parte de la victoria-derrota y dejar dos billetes sobre el mostrador (precio más que irrisorio para mi gusto, como comprar Alaska a los rusos) mientras seguíamos hacia la salida.

El sol sobre la avenida Quince de Julio me temo que le repuso de inmediato, o era eso junto a que aproveché que recuperaba por propia voluntad la independencia de sus extremidades para posar sobre ellas la magia de nuestra aventura. Treinta segundos a lo sumo habrá durado nuestra llegada al paraíso de las respuestas; ¿Quién envió en el último momento a un capataz condenado a compartir con los chalados de ojos en furor una noticia que anulaba el encuentro al final del viaje?. Ahí me quedo en el fondo del tiempo, instalado en la certeza de que llegar e irnos todos eran acción y reacción del hallazgo; perseguido por tantas selvas y parajes que existieron hasta el advenimiento del cemento y nuestros nuevos soles diurnos y nocturno, y ahí estaba, al final de un pasillo ferretero en Quince de Julio, sin merecérnoslo y habiendo recibido el mensaje con el tiempo justo de acatar la orden, sin paladearlo, sin merecimientos. Bueno, esos treinta segundos estuvieron generosamente concedidos, lo que merecen los dos ejecutores y lo que supone residir en una isla, medido el tiempo en velocidad media de petróleo hirviente partido por longitud de oleoducto subterráneo de ocho metros de diámetro.

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