Indignidad pública y sindical

Tiran y aflojan, negocian como mercaderes medievales, un poco arriba tú y yo, mientras, me agacho para descender otro poco, y así hasta que “pactan” nuestro futuro, no el suyo. Porque ambos grupos negociadores, representen lo que representen a estas alturas del drama, son ajenos a nuestra realidad: ellos no se jubilarán con 67 años, de ninguna de las maneras, ni se preocuparán por el tiempo de cotización, en ningún caso. Ni políticos profesionales ni sindicalistas aún más profesionales.

¿Resignarse o abrir bien los ojos?

Porque esto, todo lo que nos rodea, es un drama existencial; seguramente en la misma proporción, como mucho, que el recibido por las clases que sustentan el mundo que hemos ido conformando, pero a fin de cuentas una nueva realidad soportada “porque sí”.

Recibimos estas informaciones con poca algarada, sin apenas rechistar, y eso si es una novedad, al menos en los últimos doscientos años. Creemos que somos los protagonistas de un cambio histórico que desembocó en una suerte de gobierno de todos, pero ni por asomo. Muy al contrario, hemos permitido que de nuestra raíz haya emergido una clase humana que se viste con nuestros trapos, se digna a sentarse en nuestras mesas en horario matinal y se comporta externamente como semejantes. Pero no lo son. Es la nueva aristocracia diseñada para moverse entre los que pagan y sufren como si les doliera nuestro abono y dolor, como si a ellos también les rascarán el bolsillo. Nada más lejos de la realidad.

Estos cambios injustos y deshonestos pueden invertirse. Hemos caido en el sueño de vivir en el mejor de los sistemas posibles, el fin de la historia inventado por la primera y segunda generación de hombres y mujeres con capacidad real para empezar a escribirla. Resignarse y no abrir los ojos y la energía que poseemos para imponer la honestidad y la justicia social es únicamente un minuto perdido en el trasiego que nos queda. Pero los que estamos ahora podemos pasar como cobardes de cara a los lúcidos inevitables de mañana.

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