Ligas ricas, ciudadanos pobres

En todo este doloroso proceso de asumir la consciencia del deterioro global como sociedad, hemos ido analizando en diferentes artículos aquellos procesos, al albur de las excusas políticas para tomar las de villadigo por el sendero de villadiego, que han volteado escenarios estratégicos del devenir macroeconómico nacional. Así, no nos hemos cansado de alertar sobre el perverso desguace y bancarización de nuestro sistema de ahorro (de aquí a dos semanas veremos un baile tan desafinado como el mercado de fichajes minutos antes de la medianoche del cierre, de norte a sur, de fusión a absorción especulativa), de igual manera que continuamos el análisis de conductas, casi estados de ánimo, que hacen bambolear estructuras con poca herrumbre para adecuarlas a intereses de lo más variopintos.

Pero, de igual manera que la denuncia nos exige estrenar cotidianamente altavoces poderosos para que la injusticia amplifique su mensaje, en el caso que nos ocupa no es tanto afan de alerta como reflexión de lo que, por atractivo, nos impide ver sus arrugas.

A cuestión planteada en el día de ayer por el grupo parlamentario de Izquierda Unida, el Ejecutivo central se vio en la obligación de reconocer que la deuda acumulada por los clubes de fútbol españoles asciende a la mareante cifra de 752 millones de euros (sin contar con las cantidades adeudadas a la Seguridad Social, que son de aupa). A la velocidad de un extremo izquierdo de relumbrón, las huestes balompédicas procedieron a delimitar la cifra escandalosa, con argumentos tan pacatos como que el mayor porcentaje de ese debe en las arcas públicas (673 millones) se encuentra aplazado mediante acuerdos con los correspondientes deudores. El problema no es temporal, sino de qué manera se ha llegado al engorde insostenible de un modelo de competiciones profesionales a todas luces no sustentable al albur de un proyecto de Estado con los bolsillos agujereados; en la puerta de entrada, cualquier Sociedad Anónima radicada en territorio nacional estaría encandilada con disponer, al menos, de relaciones tan cordiales con el fisco ibérico cara a negociar sus obligaciones tributarias, en cómodos plazos y a generoso descuento y, viendo la luz de salida, todos los contribuyentes deberíamos preguntarnos si esta ruina anunciada desde tiempos de artificial bonanza compensa alegrías domingueras de balompédica sofisticación.

Y es que el asunto no dispone de solventes remiendos en ningún escenario posible. La conformación de las entidades deportivas de las principales disciplinas en cuanto a número de seguidores (fútbol y baloncesto) en Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) y su asociacionismo gremial bajo el amparo de Ligas Profesionales (LFP y ACB, respectivamente) se alumbró como la perfecta estructura cara a conseguir la conformación de un escenario rentable en lo deportivo y económico. Las obligaciones derivadas de la mutación de clubes con estatutos de lo más simple, organigramas de compadreo y obligaciones contables a nivel de primero de bachiller transmutaron en la metamorfosis de la que echaron a volar soluciones empresariales con el mejor producto del mercado: piernas, manos y balones; agilidad, rapidez, espectáculo. Seguidores, compradores. Ganancias a espuertas. Las diferentes plataformas televisivas se encargaron de endulzar el falsario espejismo (tautología al canto), comprometiendo cantidades irrecuperables en términos de contraprestaciones publicitarias y permitiendo a los equipos negociar bancariamente adelantos millonarios con los correspondientes contratos a años vista. Ahora, ¿qué tenemos? Unas competiciones poderosas comandadas por clubes que son apisonadoras irreductibles, aquí y en las eliminatorias continentales, y un ramillete de equipos de segunda fila plagados de ilustres apellidos de la escena balompédica y cestista internacional, sobre una sociedad arruinada, que no puede permitirse lujos conscientemente desterrados pero que disfruta del manjar somnífero de fin de semana.

No hace tanto, el obtuso orgullo nacional que trasladaba sus ansias de grandeza a cualquier entelequia que pueda ser atrapada en forma de medalla sospechosamente lograda, se vanagloriaba por disfrutar de ligas secundarias, como la Adecco Oro (Baloncesto), considerada más competitiva que las primeras divisiones  respectivas de potencias como Inglaterra o Alemania. Y tan anchos, sin preguntarse por donde anda la trampa. La implacable realidad nos presenta una Liga Endesa (ACB), en la que, salvo discutibles excepciones, pululan cerca de dos decenas de SAD arruinadas, sin capacidad de generar de ninguna manera recursos que les encaminen al fin que corresponde a cualquier Sociedad Anónima mercantil. Y no ahora, sino desde sus correspondientes constituciones: las de mayor relumbrón (Real Madrid y Regal Barça) sustentan sus poderosas plantillas con los millones derivados de las secciones futbolísticas; los conjuntos de clase media-alta sostienen la columna vertebral de sus respectivos proyectos sobre el músculo de entidades públicas (Gran Canaria 2014) o privadas (Unicaja, Sevilla Baloncesto) que, con su mayoría accionarial, se ven obligados a cerrar el déficit contable curso tras curso; y, los supervivientes, van arrastrando su deriva deportiva con patrocinadores libres o impuestos y recursos atípicos más o menos ocurrentes. Algunos, con ruina permanente (Valladolid) y otros (los menos), con brillantez gestora (Fuenlabrada).

En el césped, tanto de lo mismo, pero sobredimensionado por cantidades que sonrojan tanto como se justifican por los mismos que reproducen su indignación a la menor brizna de despilfarro en otros ámbitos. Ingentes cantidades de tributos se destinan para poner a rodar el balón, bien con la fórmula de insensatos patrocinios o como ayuda de fomento al deporte que, en lugar de pagar las medias de un alevín, acaban en el caucho del deportivo más estrambótico de la primera plantilla. Todos en la ruina, todos con las butacas a rebosar. En definitiva, Ligas de oro para economías desérticas. Insostenible, pero con el respaldo de la dormidera de tantas miles de ruinas que refugian la desesperación en el triunfo de un color colectivo. Lo que ocurre es que ese somnífero puede ser disfrutado, con ardor y compromiso, con banderas y bufandas arraigadas al sentimiento de batalla deportiva, pero ajustado al nivel de la vigésima economía mundial. A lo sumo.

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