Cantidades que disgustan

Cerca de cuatrocientos mil electores optaron, heterogéneamente, quedarse cerca del sofá el día 22 de mayo, alargando su brazo en blanco para entregar la nada de su opinión raptada por las ranuras de esas urnas tramposas que pusieron a su despiadado servicio las herramientas de la democracia moderna; unos cientocincuenta mil prefirieron, por el contrario, acercarse a sus respectivos colegios electorales para expresar su manifiesta disconformidad con la variopinta oferta en forma de papeletas oxidadas en el discurso metálico de representantes sin causa. A estas abrumadoras cantidades de desconfianza electoral humana, a esa manada proactiva de la disconformidad, hay que sumarle una desganada masa poco caminante que, rozando el meridiano de sufragios evaporados, repitió lejanía con sus corporaciones teñidas de aluminosis democrática.

Tenían sabias razones para no participar, prestos de papeletas ordenadas, con sus rígidos sobres acaudalados de nombretes deseosos de ser abiertos para comenzar el reparto. El resto minúsculo de la inocencia procedimental que mantiene con fragilidad ardiente esta estructura en la que nos mantenemos, dieron luz verde al espectáculo del pasado sábado. Atrás queda la pobreza quejumbrosa de los siervos de la gleva, entregando sus hembras a la insaciable agonía visceral de sus hambrientos y sedientos amos encorbatados sobre el bocio maloliente. Ni las apabullantes concentraciones populares en plazas y calles de esta nación esquilmada, mucho menos la reacción honrada de los legítimos detentadores del sistema abandonado antes de haber sido disfrutado, han conseguido moderar el acabose de ese paradigma denominado pactos postelectorales, ése que se acelera para asegurar la gobernabilidad y el buen hacer y discurrir de nuestras instituciones públicas.

Debemos ser, en esencia, idiotas como colectivo; tal vez el grupo no mejore la individualidad. Qué desgracia siquiera pensar algo así. En todo caso, es mareante intentar entender como notorios aprovechadores de la res publica, insignificancias humanas que no pueden maquillar sus trayectorias con algo de experiencia diversificada, mucho menos justificar con la frente como corona sus patrimonios divergentes con los ingresos notorios que reciben, pueden continuar recibiendo respaldo notable de aquellos que son premiados con el látigo y la condena de la desidia en la gestión de sus propios recursos. Esto no va; es imposible no asumir la inevitabilidad de estar siendo espectadores del ocaso de un sistema de relación económica y social prófugo de sus creadores.

Acercarse a las concentraciones que se siguen prorrogando, inevitablemente, en esos espacios colectivos que nos hemos ganado como propios, es asistir a la primigénea necesidad de gestar renovados procesos de relación humana. Apaguen los televisores y dediquen las páginas de esos diarios que pululan, aceitosos, en las barras de los bares del amanecer, para potenciar su conocimiento de la papiroflexia avanzada; si tienen el interés necesario por adentrarse en lo que está ocurriendo en sus respectivos alrededores (que les tocan y les manosean, no lo olviden, aunque sigan confiando en que, como mucho, les acarician con un soplido erótico en la nuca distraida, a lo sumo), siéntense un rato entre tanta tienda de campaña hermanada y desarrollen el arte de la palabra activa y pasiva; escuchen y aporten, serán bienvenidos entre los ecos placenteros de la necesaria reflexión colectiva.

Esto es una marathón sin jueces con cronómetro y apercibimientos; no hay prisa, no hay fronteras decisorias en las próximas convocatorias electorales. Aquí la impaciencia es monopolio de los moribundos que esquilman la villa en llamas, presurosos ante los murmullos de la rebeldía que enfoca las colinas cercanas, con sed de honrada venganza. Son sus últimos saqueos, sus definitivas violaciones ideológicas; tanto dolor sin un plazo de imprescindible alivio al sol del atardecer nos ha convertido en dignas fieras, enrabietadas de hambrienta y humilde dignidad.

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