El hombre que amaba a los perros

Acercarse y adentrarse en el hermético universo de la vida y muerte de Ramón Mercader del Río, el incólume Jacques Mornard que asestó un golpe mortal una tarde de 1940 a Liev Davídovich Trotsky, supone un reto para cualquier bibliógrafo e historiador experto en la historia de la URSS y del movimiento revolucionario que comenzó en 1905, se truncó en 1924 y agonizó, sin lamentos, a comienzos de la década de los 90. Pues ha sido un novelista cubano, Leonardo Padura, quien ha conseguido relatarnos, con mayor precisión y ternura objetiva, la realidad de un proceso que es tan relevante por su ejecución como por su significado dentro de un mundo alejado de romanticismo y cargado de odio, ideologías manipuladas y sinrazón bélica.

Padura, narrador de notable fama en gran medida por la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Mario Conde, buceó durante casi una década en el sobrio andar de un Mercader que nació, se crió y perdió su identidad en la Barcelona de la Guerra Civil y que entregó sus pasos precisamente en La Habana, oculto bajo una nueva identidad y parapetado en un deambular sólo destacable por la compañía de sus maravillosos galgos rusos, esos esbeltos canes que tantó amó y quiso León Trotsky a lo largo de su vida y que entrelazan ambas existencias, marcadas por un siglo XX que vió la asunción y el fallecimiento de los hombres y las mujeres que han dado sentido a la manera de entender esta realidad, actualmente ahogada entre burbujas huecas, presa del egoismo humano.

La grandeza de esta historia, desarrollada desde tres perspectivas que avanzan a distintos rítmos temporales (la vida de Liev Davídovich Bronstein desde su exilio en Turquía, en 1928, hasta su asesinato en Coyoacán en 1940; la involución de Ramón Mercader, alzado como guerrillero repúblicano en la Sierra del Guadarrama y su caminar hasta instalarse como anónimo héroe soviético en Moscú; y los últimos días de Jaime López, el Ramón Mercader cubano, y sus encuentros con el joven técnico veterinario y aspirante eterno a escritor Iván, en una playa cercana a La Habana) reside en la humanización de lo trágico, en la manera de profundizar en la trastienda de unos personajes reales que nunca fueron dueños de sus vidas ni de sus sueños. Y vaya si tuvieron de éstos a puñados, mas siempre acorralados entre las décadas de la explosión de las ideologías o, si se prefiere, de la destrucción de las mismas, de su corrupción por parte de la resurreción de los líderes supremos.

Resulta complicado no empatizar, en gran medida, con la realidad de un hombre que pudo ser cualquiera de los miles de fanáticos estalinistas prestos a ejecutar lo que, en ese momento, hubiera significado la misión de mayor grandeza universal en la defensa de la Revolución proletaria y, por ende, en la salvaguarda de la clase trabajadora universal y su destino hacia la concreción del comunismo como sistema político y social preponderante. Para entender cómo millones de ciudadanos de izquierda pudieron abrazar la visión estalinista revolucionaria, carente de profundidad teórica y, a su vez, presa de odios, purgas y sufrimiento humano, es conveniente apoyarse en 1984, de George Orwell, donde un archienemigo (Goldstein, en contraposición al segundo apellido de Liev Trostsky, que no es otro que Bronstein) es presentado por el Gran Hermano (el Padrecito, el Gran Timonel), como causa y consecuencia de todos los males que asolan a la Patria. Particularmente desolador es el recorrido que se realiza en la obra de Padura por las sucesivas purgas en la URSS, aniquilando bajo los más insostenibles crímenes a la práctica totalidad de la clase dirigente, permitiendo de este modo a Stalin reescribir permanentemente la Historia y eliminar cualquier posibilidad de exposición pública de sus atrocidades. Son francamente interesantes como elemento histórico porque permiten un suave acercamiento al lector que no se encuentre familiarizado con el terror soviético interno impuesto por el georgiano hasta 1953 pero, sobre todo, resulta fascinante su composición poética por parte de Padura, encaminando y superponiendo procesos públicos horripilantes (el reflejo del arrepentimiento y posterior autoconfesión de Yagoda es significativamente perverso) hasta el culmen literario que supone la ejecución privada y macabra del antiguo líder del Ejército Rojo, el hombre que, de la mano de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, consiguió derrocar la tiranía zarista, enfrentarse al Ejército Blanco y los movimientos antirrevolucionarios internos y externos y establecer la primera República Socialista de la historia universal.

El hombre que amaba los perros, que puede ser y es cualquiera de los tres protagonistas de la novela, victimiza su existencia muy dentro de ese trascendental proceso que supuso la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Pero de esa trinidad nos quedamos con la crudísima realidad de un Ramón Pavlovich López que, tras veinte años en presidios mexicanos, con una férrea disciplina ante los interrogatorios y, por ende, su responsabilidad histórica, se encuentra frente al anonimato de un mundo que se encuentra incómodo ante su presencia fantasmagórica. El refugio vital de las avenidas moscovitas, acompañado por los borzois que compensaron el fantástico amor por los canes que siempre vio reprimido, hacen olvidar que nos encontramos ante el asesino de una de las mentes preclaras de la izquierda, el ejemplo de la pureza de una Revolución permanente que debía conducir al individuo a su liberación absoluta de las mayores injusticias inventadas o impuestas a los colectivos.

Ahondar en los sentimientos y motivaciones de Ramón Mercader es una tarea inhóspita, si es que, en todo caso, éstos existieron de una manera consciente. Lo que resulta irrefutable es que desde su conversión a Jacques Mornard, el izquierdista catalán dejó de ser individuo para resultar una mescolanza de integrista ideológico y espía refinado. El resto de la historia es ampliamente conocida y ha resultado profundamente debatida, saltimbanqueando entre la comprensión e, incluso, el aplauso, hasta el repudio y el rechazo. En ocasiones, Ramón Mercader ha sido presentado como un lunático individualista que perpetró el magnicidio de mayor escándalo en la historia de las izquierdas casi por libre. Acercarse a esta novela extraordinariamente documentada, significa alejarse de los prejuicios que se han levantado de uno y otro lado.

Ramón Mercader del Río falleció víctima de un cáncer óseo en 1978, en La Habana, si bien se encuentra enterrado en Rusia, en un cementerio donde yacen héroes de la URSS. A pesar de la sencillez con que resulta dictaminar, con la lejanía de estos años, sus acciones y propósitos, fue un buen hombre y un buen soldado. Su época, sus manipulaciones familiares y su compromiso ideológico en un contexto del que resultaba imposible escapar de la presión teórica y práctica de esas mismas ideologías, le impusieron una formación militar y mental, así como un piolet en las manos para que, un 21 de agosto de 1940, asestará el golpe de gracia al hombre que quería liberarlo.

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4 respuestas a El hombre que amaba a los perros

  1. Jorge Saturno dijo:

    Recién acabo de leer este libro y me gustó muchísimo. Está muy bien documentado y lo recomiendo a quienes quieran conocer esta oscura historia.
    Has hecho una muy buena reseña y tu blog está genial. Felicitaciones.

    • Tinejo dijo:

      Nos alegramos que hayas disfrutado con nuestro comentario y confíamos en seguir encontrándonos por esta Casa Querida. El libro es, como bien indicas, un éxito narrativo y de documentación, auna historia con prosa de la buena. En todo caso, la vida de Ramón Mercader es un excelente ingrediente para conseguirlo. Un abrazo.

  2. José dijo:

    Todo muy bueno. Como dice Jorge Saturno, una buena reseña, salvo al final donde dice: “así como un piolet en las manos para que, un 21 de agosto de 1940, asestará el golpe de gracia al hombre que quería liberarlo” No creo que Trotski haya querido liberar a nadie excepto a él mismo. Trotski fue tan cruel como Stalin, con la diferencia que Stalin le ganó la pulseada… Muy bien todo lo demás y el libro es excelente.

    • Tinejo dijo:

      Gracias por acompañarnos, José. Efectivamente, esa escena es discutible en la radiografía de Leon, imagen que no se podrá clarificar al ser excluido de la escena política directa a partir del fallecimiento de Vladimir Ilich. Cual hubiera sido el devenir de la URSS a partir de 1921 con otra línea directiva es especulación para el amarillismo de la historia, pero el exilio le confiere un halo de esperanza que no hubiera irradiado desde la real politik.

      Gracias por acompañarnos en tu CasaQuerida!

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