Libre circulación de indecencia

Los habitantes de los 27 países que conforman, actualmente, la Unión Europea forman parte de un territorio abierto, en el que se puede viajar con una identificación nacional y sin ningún tipo de traba burocrática a la hora de trasladarse o asentarse en cualquier espacio físico de la europa comunitaria. Hasta ahí magnífico. Recordemos que junto a esa libre circulación de personas, se encuentran las de mercancías, capitales y servicios. Esa es la opípara consecuencia de haber formado una unión económica, no social, sobre la base de un proyecto común ampliamente pervertido desde que comenzara a dar sus primeros pasos con la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, en 1951. Cierto es que esta unión, como la denominada Euratom y la posterior Comunidad Económica Europea no ocultaban o disfrazaban sus pilares de actuación, pero los sucesivos tratados que han ampliado el acuerdo inicial, hasta llegar a los días de hoy, han presentado una preeminencia social sobre el aspecto económico del viaje, y no es cierto.

Cambiar el pasaporte y los visados por una frontera abierta es agradable a la hora de veranear, de pasar un tiempo de estudios en el extranjero, de disfrutar la jubilación frente a otros paisajes, etc., pero no aporta ningún elemento facilitador a la hora de conseguir un contrato de trabajo, desarrollar una carrera profesional o eliminar las trabas lingüísticas inevitables. Ese freno relativiza el derecho fundamental obtenido en lo que respecta a la ciudadanía. Pero los capitales dominan todas las lenguas, tienen las mejores credenciales, los más altos expedientes académicos, y vienen y van como ánimas veloces, casi sin ser vistos. Y los servicios y mercancías, no lo olvidemos, no son más que subcategorías del capital, con lo que sus características son gemelas.

Todo esto nos viene a la mente a resultas de la posición común de 27 grandes formas de aprovechar y entender el mundo más allá del contorno europeísta. Nuestros gobiernos nacionales han cedido su visión acerca de la realidad que se desparrama al otro lado del Mediterráneo con tímidas reacciones de condena o repulsa, y han dejado en manos de una voz común esa misma expresión, ese similar mensaje. Esto ocurre precisamente para defender la libre circulación de la estrella del largometraje. Una voz común aglutina el interés del mercado global europeo, y por eso no debe sorprendernos que el viejo continente, caracterizado históricamente por una razonable franqueza diplomática, se haya tornado en oscuridad y doblez. Antes de hablar hay que calibrar con los Estados miembros cuanto petróleo se filtra desde Libia a Italia, como puede afectar los conductos de gas que viajan de Argelia a España, y que inversiones mantienen y fomentan en Egipto y Túnez los emprendedores alemanes o ingleses. Con todos los ingredientes bien troceados, se remueve el potaje y ponemos cara de poker. Pero comunitaria, eso sí.

A partir de aquí, comienza el análisis meticuloso para analizar el respeto a los derechos. Del capital y las mercancías. A la protección del sagrado valor de libre circulación de los euros y el oro negro. Claro, los nobles habitantes de Goteborg pueden seguir viajando en un despampanante Volvo hasta Nápoles deteniéndose sólo para repostar ese líquido extraordinario, símbolo de la modernidad y el progreso. Sin abrir la cartera más que para abonar el carburante y continuar la marcha. Cuando lleguen a su destino, tal vez se topen con la prohibida circulación de hombres y mujeres que escapan del terror, que piden asilo a la democrática Europa. Pero no parece que éstos traigan, en sus húmedos bolsillos, nuestro maná energético, así que mejor mirar a otro lado y seguir consensuando mensajes públicos que nos permitan preparar un escenario de libertad y derechos. Ya saben cuales.

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