Extreme Vigalondo

No hace falta que volvamos a recordar que ha sucedido los últimos días a cuenta de unos tweet publicados por el cineasta Nacho Vigalondo mientras disfrutaba en su intimidad de unas copas de vino y cierto sentido del humor personal en compañía de la masa cibernética (ahí está la magia y el peligro de la red). Hoy mismo se ha publicado el contenido de una sentencia judicial en la que no se considera procedente la rescisión de un contrato de trabajo por criticar a tu jefe en las redes sociales, como nunca lo ha sido realizar comentarios despectivos de similar calado alrededor de una mesa con conocidos o desconocidos, al amparo y calor de un copazo. Las redes sociales colectivizan en número desproporcionado el tamaño de esa calurosa mesa, y desenlazan en hacer partícipe de tu intimidad etílica y burlesca a más de la cuenta, además de producir un chivatazo incontrolado (de boca a conexión, de Pc a oreja) de tus inmoderados deseos de no ser políticamente correcto. Cosas buenas, cosas malas, en el equilibrio está el placer.

Las redes sociales, con apariencia de tertulia desenfadada, han triturado los moldes que lindan entre declaración pública y charla privada. El agente activo sabrá, cuando realiza una aseveración, si lo expuesto tiene carácter de mensaje global o, por el contrario, de comentario sin pretenciones. Pero claro, cuando ese agente activo es personaje notorio la cosa cambia. Se nos viene a la cabeza el ataque indiscriminado sobre las opiniones de Alejandro Sanz a cuenta de la Ley Sinde, o los chistes y gracietas vertidas en relación a David Bisbal y sus apreciaciones egiptólogas. Nacho Vigalondo ha obrado con insensatez por sacar sus seguros comentarios sin ánimo de ofensa de una mesa de cafetería a un aforo de estadio de fútbol. Porque eso es twitter, eso es Facebook: aprovechar un segundo de silencio en el teatro para desplegar un altavoz y compartir tu privada reflexión a desconocidos sin escrúpulos.

Que el comentario es una gracieta, por supuesto. Que alguien acepte que el cineasta cántabro pueda ser un antisemita y quiere vociferarlo en estos tiempos de decaimiento sionista (ja) es repugnante por desconocimiento de un provocador, de un bufón al estilo Leo Bassi cuando la circunstancias le disparan el reflujo chistoso. Pero un habitual manipulador de las herramientas de la red social sabe a que se expone cuando el arte se disfraza de opinión, quizás hasta de promoción de futuros proyectos, pero que acaba en los oídos de eventuales oyentes que no deslindan lo directo de lo indirecto, lo satírico de lo trágico. El resultado es el criticado: la víctima se convierte en lo abyecto y el ejecutor le coloca máscara de fascista realizando sus mismos actos.

Para rematar el remate, un medio de comunicación que se habrá dejado parte de sus indignas pérdidas (vende y vende a trozos, sin escrúpulos identitarios, lo que montó como una construcción de representación de un sentimiento socialdemócrata) en una campaña muy mona y muy progre con Vigalondo como superprotagonista (entendemos que por añadir unos valores que representan a la marca), retira dicha promoción fulminantemente y lo conmina a desaparecer de su estructura de comunicación, demostrando poca inteligencia y dignidad de menos uno. Un buen estratega de marketing sabe que algo así merece respaldo, por coherencia con la decisión anterior (la de considerarlo efectivo en el desarrollo de tu promoción). Si no, que se lo pregunten a Nike con el caso Tiger Woods. Y a todo esto, nos encontramos, sobre todo, con un apabullante caso más de escándalo ante lo superfluo y pasotismo ante lo relevante. En El Cairo siguen los valientes venciendo al miedo, al hambre y a la desesperanza. Nuestros titulares menguan en la proporción que su odisea se engrandece.

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