Disquisiciones veraniegas (II)

En los meses que cada vez para más gente son de asueto perpétuo no se crea empleo. Cualquier cifra que pinte sus labios con intenso color de esperanza brillante a ojos de políticos lascivos no es más que el reajuste macrolaboral de una realidad que debe ampliar sus miras a años vistas o, al menos, a esos doce meses que nos hemos inventado los humanos sirve para cuantificar todo lo terrenalmente incontrolable. Menos aún resulta de aceptación para la honradez vital sacar pecho y maracas rumberas contando falsedades a medias. Resulta de todo orden inaceptable que se propugne con la deshonra de un duelista en desbandada suertes de recuperaciones económicas, de empleo a manos llenas, cuando la creación neta de puestos de trabajo, por sí solo, ya ni siquiera es para el verano. Ni para la abstinencia de esperanza.

En primer lugar, uno de cada cuatro empleos que se ha creado en los últimos meses tiene una duración inferior a una semana, con lo que el mismo ciudadano puede contar, a efectos de orgasmo ministerial de la devota Báñez, como tres empleados en uno en el mismo plazo de treinta días, lo que pega pero no junta. Y, claro, le vale para hacer su casita de papel pero no previene para cualquier brisa que anuncie su llegada en lontananza. Por otro lado, el silencio de las buenas nuevas hace un acto de presencia transfronterizo, con guardia a ambos lados de la verja política, cuando de callar el número de exiliados se trata: Más de 200.000 ex cotizantes de la Seguridad Social que han tomado las de Villadiego, ergo para la filosofía popular significa otros tantos problemas estadísticos menos, ya que ante el vicio de no pedir empleo está para ellos la virtud de hacer como que ni nacieron por los alrededores de Ponferrada.

Y para finalizar la estadística completa de esos fuegos de artificio tan del gusto de quien deja en manos de la virgen del Rocío la economía doméstica a jornada sin descanso, la media de horas de trabajo por contrato formalizado en esta última etapa se establece en diez por trabajador, con lo que por cada puesto de trabajo indefinido y de 40 horas de duración, lo normal es ahora realizar cuatro, de carácter visto y no visto, y nuevamente al circuito de creación-destrucción, que es como masticar un bistec, soltar el buche y volverlo a engullir, aunque suene repugnante, con la imaginación perniciosa de que estamos comiendo dos por uno.

Evidentemente estas coartadas las utiliza con conciencia de causa, pero sin ningún cargo de conciencia, el ejecutivo del Partido Popular, ya que cualquier estadística puede publicarse imprimiendo sólo los quesitos que emitan mejores destellos. Los otros también existen, y juntos expulsan una realidad espantosa. Pero ya se sabe, mientras el tiempo corre, cabalga la esperanza. Aunque esta sea de unos pocos, y con tan mal gusto.

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Disquisiciones veraniegas

Disquisiciones de esta temporada estival en penumbra soleada, con el menor nivel de rigor en su análisis que el término, en la acepción sin poros de la RAE, permita. Y es que el verano es tiempo de estallidos con poca onda expansiva, no por el contenido o los materiales de la subsodicha explosión, sino porque el efector amplificador queda en nada frente a redacciones que, depauperadas a tiempo completo, hacen su agosto sudorando becarios y maniatando el tiempo de la información.

No obstante, hay determinadas actualidades que no se encuentran en primera línea de titulares pero no por ello deben evitar tostarse al sol del análisis que más padece. Porque este mes, tradicionalmente en stop político, aviva demasiadas urgencias durante el pasado ejercicio. Y eso es así porque el run run ciudadano no descansa, porque las elecciones municipales de 2015 se acercan a la velocidad de un utilitario con dirigente del PP al volante y, sobre todo, porque la apariencia de transformación voluntarista de las formaciones políticas jurásicas necesita, en este momento, usar el disfraz de héroe sin descanso.

La nueva ejecutiva del PSOE, liderada por la sonrisa deconstruida del encantado de conocerse Pedro Sánchez ha tenido un gesto de revolucionaria iniciativa pedagógica al poner al frente de su departamento de “regeneración democrática” a alguien como Ximo Puig, lider de los socialdemócratas valencianos, como si acabara de llegar a la primera escena política en los primeros días de la canícula. Y, claro, el puesto hay que ganárselo, para no salir con el más mínimo desencuadre en el nuevo retrato de familia. En ese sentido, se muestra partidario de que los diputados coticen por su actividad parlamentaria y puedan tener su seguro de desempleo en lugar de que fichen por una empresa donde puede haber colisión de intereses. “Prefiero que un diputado tenga seguro de desempleo a que pueda irse a trabajar a una empresa a la que ha beneficiado con sus decisiones”, ha añadido.

Estamos, pues, ante la rendición previa a la batalla, algo predecible en un político de viejo cuño que es incapaz de razonar fuera de las lógicas de supervivencia electoral. Si no puedes con el enemigo, abrázalo hasta colmarlo de besos mustios. Su idea de regeneración democrática ni siquiera pierde el tiempo deambulando por los espacios comunes, tan pisoteados, de la limitación de mandatos y otros senderos de la bebida instantánea preelectoral. Directamente, Ximo Puig se arroja a la evidencia de que su casta es de visitar y quedarse a la cena, por lo que ya puestos, que sirvan más pavo, que la noche es joven. Entender la res pública como la entrega transitoria de la voluntad y la experiencia humana para mejorar la actividad y los servicios colectivos no se recoge en el diccionario del político como parásito social. Es más, el regenerador democrático acepta como presupuesto inicial que sus compañeros de bancadas llegan cada día antes y no están por abandonar el claustro así que, ya puestos, que saquen la cubertería de plata. Olvida que actualmente congresistas y senadores se aseguran el máximo de pensión de jubilación con sólo reposar sus inquietos traseros en sede parlamentaria a lo largo de dos legislaturas, con lo que su propuesta, además de involucionista en la búsqueda de la transparencia real, ahonda en lo acomodaticio de las perversidades políticas contemporáneas en tierra ibérica.

Y, así, transcurre el agosto. Pero no agotemos todo el sudor de la maledicencia en una sola sesión bajo el sol que más calienta…. nuestra paciencia.

 

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El rejuvenecimiento rugoso

PedroSanchez1Una renovación a las puertas de un museo, el surrealismo de las prisas sin equipaje a la vista; en definitiva, el rejuvenecimiento áspero en su superficie y al tacto político con el ph menos neutro posible. Desde ahí emerge la figura baloncestística de Pedro Sánchez, diminuta hace menos de cuatro meses y que, desde, por o para el aparato, ha aumentado internamente a una velocidad que riase usted de la exponencialidad electoral de Podemos. Pero ahí se queda, en lo interno, en lo doméstico y domesticado, tanto así que de los diecisiete puntos a los que se comprometió el político madrileño en su presentación como candidato nada ha tardado en conculcar el primero de aquéllos a los que ha tenido acceso, esto es, retrasar las primarias en su formación para elegir el candidato, el cabeza de cartel, el rostro que intentará mantener la pelea vacua en una política sin contenido.

Lo que es indudable es que con Pedro Sánchez ha desembarcado de manera definitiva y refinada el modo norteamericano de hacer política por estos parajes en desertización democrática. No hay más que ver el video propagandístico para animar su campaña interna en el PSOE, recorriendo aspectos de su intimidad más prescindible en el debate de las ideas, el que en cualquier escenario político se necesita: amigos de infancia relatando sus virtudes y esas pequeñas debilidades, tan tiernas en la construcción del liderazgo; una novia que recibió el flechazo instantáneo, irresistible, ante la presencia del nuevo Secretario General socialista, recordándote que si ella no pudo resistirse antes incluso de hablar con él, ¿Cómo vas a hacerlo tú, desorientado votante, que tanto anhelas abrazar nuevamente la rosa aunque tenga espinas?

PedroSanchez2Volvamos a los famosos diecisiete compromisos de Pedro Sánchez, la tenue sombra a la que todos los dirigentes socialdemócratas ahora se arriman en busca de tímido cobijo para que su arboleda electoral no se despoble, obligándoles a huir al mundo real, con el cambio policlimatológico que se avecina. Luchar contra la corrupción, primarias para todos, puertas giratorias atrabancadas, fin de indulto y aforamientos múltiples, reformas legales genéricas, etc. ¿Y dónde podemos encontrar el socialismo que reclama la ciudadanía, la búsqueda de condiciones laborales y de ejecución real de derechos y perspectivas sociales? No en su sonrisa, desde luego, porque el PSOE se encuentra sujeto a una mastodóntica maquinaria de supervivencia enterrada entre su poder ser y su ser real. Resulta evidente que una participación del 65% en sus bases de afiliados en un éxito de movilización, pero habrá que ver si estos lo han hecho también en la convicción que el cambio de cromos volverá a resultar higiénico para que su hogar político no se derrumbe y, más aún, resurja de sus múltiples cenizas ideológicas.

Desde IU y Podemos resulta bastante evidente su común regocijo por esta orientación en el aparato socialista, que parece preocupar en mayor medida al PP que a todo aquello que se viene gestando a su izquierda, cada día a mayor distancia de lo que sus siglas aparentan ocupar. No obstante, resulta paradójico que quien más le alabe también le tema, bien porque por un lado garantiza el equilibrio del bipartidismo por más que la primera decisión, nada meditada y muy en la línea efectista de la vacuidad programática, sea romper el pacto pro Junker, aunque también su aparente moderación salvaguarde el negocio pero pueda, desde la parafernalia del marketing político, pescar con cierta opulencia, por primera vez, en el caladero popular, siempre a salvo del pirateo electoral por más que Vox y otras cañas desorientadas hayan intentado asomar en río revuelto.

¿Quién ha sido quién en estas urgencias? Negar que el cataclismo de los pasados comicios europeos no ha removido, dentro de sus escasas capacidades, briznas de apariencia cambiaria en los mastodontes políticos es de un cinismo espantoso. Pero está claro que el Partido Popular postergará cualquier estrategia a la extenuación de su mayoría absoluta, mientras que tanto Eduardo Madina como Pérez Tapias ya venían siendo rostro de líneas que rumiaban otro panorama antes incluso que se certificara la defunción de la calma bipartidista. En cambio, será Pedro Sánchez, un obediente miembro del aparato tanto desde su responsabilidad en la Asamblea General de CajaMadrid como en la reforma express del artículo 135 de la Constitución, quien decore el futuro próximo de la socialdemocracia española. Su sonrisa ya ha llegado. Sus ideas, si las tiene, se harán de rogar.

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Interdicción de la arbitrariedad

InterdiccionArbitrariedad2Una vez dada por finiquitada la crisis, esto es, asegurada la recuperación de capital, control de salarios y destino de los trabajadores por parte de los perennes altos del curso de la Historia, se nubla una pantalla que emitía créditos convenientemente confusos y el servilismo político ha acelerado su inclinación, presto a desplegar nuevos cachivaches a un lado para despistar a la hora del saqueo. Ahora toca el turno a mansalva para que la inimputabilidad cotice en mercados de aforamiento primario, la justicia no mire para ningún lado allende las fronteras, o las brechas socioeconómicas y de oportunidades, ya de por sí insorteables, se eleven como vallas de expulsión ciudadana.

¿Y qué nos queda? Pues por ahora el pataleo recurrente, cotidiano, con más o menos éxito de afluencia en función del grado térmico de indignación que se produzca por cada una de las situaciones que nos arrojan al plato, una vez hecho bola incomestible. Y en esos encuentros, habitualmente dominicales, salimos adornados de cartelería variada desde la que dejar constancia al semejante que, al otro lado de la fotografía o la actualidad televisada, opta por amodorrar su derrota, a ver si con algún teorema impactante conseguimos que deje el chandal de interior y se sume al jogging de protesta colectiva. En esas calles que nunca fueron nuestras, goza de gran éxito frente al micrófono en directo reclamar que se cumplan los derechos más vistosos que los padrastros constitucionales dieron por buenos redactar, darles cuerpo, pero con sus sistemas nerviosos y reproductivos totalmente desabilitados. El acceso a la sanidad pública y universal, a una vivienda digna, etc., son calificados, en época de privatización masiva y de segregación social sin parangón, como “principios programáticos”, meras buenas intenciones que el legislador dejó plantadas por si el tiempo y los azares tenían a bien suministrarles algo de abono normativo, aunque en realidad no han sido más que “frustraciones constitucionales”; aspirar a que lo que la mayoría considera pilares de nuestro Estado actualmente asocial no se quede en unos pocos ladrillos presos de aluminosis, parece dormir el sueño de los injustos.

InterdiccionArbitrariedad2La Constitución española está a buen recaudo. Lejos de las garras ciudadanas, se entiende.  No hay más que recordar como se enarbola una supuesta inmutabilidad permanente en la cúspide del ordenamiento jurídico mientras por sus puertas traseras se maltrata el mismo, con modificaciones en la madrugada de los tiempos en los Estados contemporáneos (artículo 135 y su entreguismo deudor al capital con prisas). Por ese motivo, no parece el camino más recto para protagonizar los cambios necesarios y deseables aquél que pretende transitar a tumba abierta, con escasa visibilidad y lleno de obstáculos. En cambio, existe un apartado constitucional que no es receptor habitual de visitas ni menciones, y desde el cual se sostiene, con repugnante elasticidad, el trayecto contrario al que su composición jurídica pretende guiar: la interdicción de la arbitrariedad (artículo 9.3).

Este principio supone la prohibición expresa para los poderes públicos, entendidos éstos en el sentido más amplio de la terminología legal y su correspondiente traducción vía pronunciamientos del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, de actuar de manera caprichosa, dañando el principio de igualdad de trato frente a los administrados. Dicho así resulta obvio, pero no por ello es menos asombroso que no se tarde apenas unos segundos para recorrer decenas de acciones políticas que patean sin pudor este mandato principal recogido en nuestra Carta Magna.

InterdiccionArbitrariedad3Sí, por ejemplo y de manera destacada, éste es uno de ellos: los indultos. El derecho de gracia sin justificación social ni piadosa que conculca penas a quienes no sólo tienen, como el resto de ciudadanos, la obligación de conocer la ley sin ser eximidos de ello por desconocimiento, sino que por notoriedad pública deben desarrollar un impecable ejercicio profesional, reforzado en esa posición preeminente en la escala capitalista en la que dicen jugar sin cartas marcadas. ¿Y qué decir del proceso de desentronización, entronización, aforamiento y blindaje del linaje Borbón en estos últimos días? Algo de arbitrio sí que parece rezumar la manera en que desde el bipartidismo se otorga un aurea especial al abdicado y su regia plebe, con tal de que los juzgados queden a enorme distancia de su trayectoria.

Estos detalles sólo son algunos artificios que pueden destapar en su mente las interminables explosiones de lucidez que le llevarán a recordar que frente a tanta y tanta desigualdad legislativa se encuentra la mencionada prohibición, sorteada a diario, ignorada por muchos.

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Pasen y agredan

FÚTBOL SEGUNDA A UD LAS PALMAS - CORDOBAEn el circo del fútbol todo está permitido. Por todos y contra todos. Porque, ¿el gallináceo accedió con anterioridad a la sinrazón de los estadios o fue, por el contrario, al romperse la cáscara del huevo cuando se comenzó a cocinar todo aquéllo que ha desembocado, por ejemplo, en los incidentes de este fin de semana? Recordemos sucintamente el relato de los acontecimientos que pudimos contemplar, destemplados, en el Estadio de Gran Canaria el domingo pasado, a cuenta del partido de vuelta del play off definitivo para cubrir la tercera plaza de ascenso a Primera División entre la UD Las Palmas y el Córdoba: 32.000 localidades ocupadas íntegramente, victoria por la mínima del conjunto local en el momento de adentrarse el encuentro en el tiempo de descuento y, a través de una de las puertas de acceso al recinto deportivo que se abren con cierta antelación para permitir la salida controlada de aquéllos que deseen retirarse de manera inmediata, se cuela un número indeterminado pero cuantioso de gente que, en su mayoría, opta por saltar al terreno de juego para celebrar su inconsciencia, hacer suya una fiesta a la que no están invitados; el colegiado, ante la peligrosidad de la escena, opta por parar el partido cuando falta por discurrir un minuto y medio del tiempo añadido, con jugadores y directivos locales pidiendo, a voz en grito, que cese la invasión, que no destruyan lo que deportivamente tienen al alcance de un suspiro. Tras siete agónicos minutos en los que la inmensa mayoría del respetable increpa a los vándalos, el trencilla se dedica a negociar con las partes implicadas y los nervios gravitan formando una panza de burro esquizofrénica en el recinto de Siete Palmas, se opta por reanudar la contienda, con los segundos y el desconcierto suficientes como para que los jugadores visitantes igualen con ímpetu y oportunismo el partido y, por lo tanto, accedan a competir en la máxima división el próximo ejercicio. A partir de ahí, el descontrol más absoluto: agresiones mutuas entre aficionados de arriba y abajo, jugadores, directivos y árbitros saliendo en estampida al túnel de vestuarios, pillaje, destrozos… La imagen más funesta para cualquier localidad y sus gentes, para una plaza que tiene en su promoción turística externa la mayor fuente de recursos, de esperanza de progreso. Pero que, a su vez, tiene entre sus filas lo que no se abstrae actualmente de ningún espacio geográfico de este país. Tanto en la grada como en el palco.

LasPalmasCordoba2La pasión balompédica surge a finales del siglo XIX como elemento de cohesión grupal desde los barrios obreros de las ciudades industrializadas, marca común para aliviar tensiones, para hacer piña. El capital no tarda mucho en comprobar sus oportunidades de negocio, su rentabilidad económica, pero también social; el fútbol pasa a convertirse, así, en negocio y control, en caladero de simpatías y votos, en germen y pandemia de populismo de traje y corbata, el que sí gusta a la dirigencia. En la capital grancanaria el fatal destino de un balón que cambia una temporada ha puesto sobre el césped sociocultural las llagas que no pueden supurar frente a un ambiente desigual, en el que se dan cita todos los estratos de la ciudadanía separados según su rango de capacidad monetaria. Y, en lo alto, unos políticos que invierten ingentes recursos públicos en acomodar recintos deportivos para encontrar la gloria romana y suscribir contratos publicitarios ominosos, sin retorno real como puesta de largo encubierta a sus aspiraciones de impregnarse del éxito deportivo como triunfo de corte político; dirigentes incontrolables, que alcanzan hasta el indulto penal en su santificación desde las presidencias de los clubes; centros, en definitiva, de negocio clandestino que retroalimentan su codicia con la pasión más sencilla de guiar al redil de la permanencia en cúspides de cristal brillante. Toda esa altura brama cuando su plebe arruina el postre, como si el descontrol fuera ajeno a sus actos y omisiones.

Aquéllos que exaltaron la violencia antideportiva desde las entrañas de la expresión más vanagloriada, precisamente, del deporte nacional, son la propia sociedad y sus fracasos, las que también explosionan festejos colectivos, manifestaciones pacíficas y de rotundo mensaje ciudadano, pero en esas ocasiones las fuerzas del orden son adoctrinadas para golpear sin compasión y, de este modo, los mismos que el domingo vieron afrentado su espacio de santificación desde las alturas del Estadio de Gran Canaria, poder asustar al cohibido individuo que ama el orden y teme la barbarie enarbolando la pantochada de grupos extremistas, barbarie organizada, terrorismo de postín, deambulando por nuestras sombras. No, malquerido dirigente, esos que retumban sin dar voces son los suyos, los que su amor por la desigualdad ha creado.

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España desahucia en Moscú

Hoy realizaremos una acción inédita en los casi tres años y medio de apertura de esta CasaQuerida, y es narrar un hecho con notable necesidad de difusión, pero a través de una voz que lo ha realizado con la precisión adecuada, desde la cercanía que permite contemplar y llevarse a cuestas para entregarnos el mensaje, la demanda. Hoy no es un tiempo nuevo, hoy no podemos perder ni una línea en la operación de supervivencia regia. Hoy seguimos siendo ajusticiados por la estafa que ha quebrado la clase media sin enemigos a la vista, que ha mejorado su codicia de manera exponencialmente repugnante, que nos desahucia más allá de los ladrillos, hacia el precipicio con cuerda fina, equilibristas de la resistencia.

CasaMoscu1Hoy necesitamos viajar a Moscú a través del reportaje publicado por el periodista Miguel Ángel Nieto en el número de mayo de Tinta Libre. Artistas e intelectuales de España, Rusia y Estados Unidos trabajan en el lanzamiento de un crowdfunding para recaudar el dinero suficiente que salde la deuda de los Niños de Moscú. “La Marca España no puede permitirse desahuciarse a sí misma”, dicen. Reproducimos íntegramente su valioso texto, su alerta inmediata que, de manos de Zapatero y de Rajoy, pulveriza nuestro ya de por sí pasado construido sobre heridas y a las que arrancan la sutura de cuajo para que ni el presente las cicatrice.

Conchita Rodríguez llegó con cuatro años a Moscú y desde entonces no ha vuelto a comer zanahorias. Eso tiene su explicación. Su padre murió en los bombardeos franquistas sobre Guernica, en abril de 1937. Su madre la cogió a ella y a sus dos hermanos, de nueve y dos años, y comenzó a caminar hacia Portbou para escapar de España por Cataluña. Caminó muchas semanas con la pequeña en brazos y los otros dos agarrados a sus faldas, hasta que el agotamiento y la enfermedad acabaron con su vida en los valles de Lleida. Los niños quedaron completamente desamparados.

Conchita ni recuerda lo que hicieron con el cadáver de su madre. Sí retiene en la memoria cómo el hermano mayor tomó el mando y los tres pequeños siguieron caminando y robando zanahorias en los huertos para sobrevivir. El mayor vigilaba y daba la señal. Conchita entonces se agachaba y, con disimulo, extraía de la tierra las zanahorias que comían sin lavar. Y recuerda también que fueron muchos días y muchas noches.

Al cabo del tiempo chocaron milagrosamente con miembros de las Brigadas Internacionales que habían llegado a España a defender desinteresadamente al gobierno de la República. Para entonces, los tres niños ya no eran niños, eran tres manojos de huesos con las barrigas hinchadas y envueltos en harapos.

Los brigadistas, algunos de ellos de la Lincoln estadunidense, los llevaron ante Dolores Ibarruri (en ese entonces dirigente del Partido Comunista de España) y gracias a su mediación lograron embarcar hacia Moscú, junto a 3 mil 500 niños españoles que llegaron por otras vías y fueron acogidos generosamente por familias rusas. La mayoría de ellos procedía de colonias infantiles del País Vasco o Levante, donde habían sido enviados por sus propios padres para ponerlos a salvo de aquella guerra civil de 1936. En aquel Moscú de infinita pobreza les aguardaba cariño, sí, pero también una infinita dieta de patatas crudas y una espantosa guerra mundial a punto de estallar.

Con los años, fundaron en Moscú la Casa de España en la céntrica calle Kuznetsky Most, un lugar de referencia para todos ellos en un país sin embajada española ni relaciones diplomáticas con el dictador Francisco Franco. Ahora se llama oficialmente Centro de Estudios de la Cultura Española (CECE), pero hasta en los letreros del portal sigue poniendo lo que siempre ha sido: Casa de España.

A la fecha quedan vivos 103 de aquellos niños, hoy todos mayores de 80 años y algunos de más de 90. Ancianos que se reúnen a diario en esa sede y cocinan lentejas o fabada, siempre platos españoles, y juegan a la brisca o al mus para sortear los tantos años de frío y orfandad. Es, literalmente, su casa, “la casa de todos los españoles”, como insiste su actual presidente, Francisco Mansilla, que llegó a la entonces Unión Soviética con 10 años y ahora tiene 87.

Desde 2006, apenas un año después de que el entonces presidente español José Luis Rodríguez Zapatero los visitara y se hiciera fotos fraternales en esa Casa de
España por la que había pasado hasta el príncipe Felipe, quedó bloqueada la subvención oficial que recibían para pagar el alquiler de su sede. Así comenzó la angustia. La supresión definitiva de la subvención fue efectiva en 2011, justo cuando Mariano Rajoy llegó al poder. No era mucho. Eran 40 mil euros anuales (lo que cuestan dos almuerzos del Consejo de Ministros), pero era un dinero vital para pagar mensualmente el alquiler del inmueble, subvencionado a su vez por el ayuntamiento de Moscú.

A partir de ahí comenzó esta penosa historia de un desahucio anunciado. Mansilla recibió una primera carta de la administración española en la que se le indicaba que no se habían justificado debidamente 21 mil euros que los “Niños de la Guerra” destinaron en 2006 a donativos para otras entidades humanitarias que lo necesitaban y para sufragar el costo de los entierros de muchos de sus socios a los que la edad ya no había perdonado. En otras palabras, no se les daba una subvención ni para funerales de españoles ni para que fueran solidarios con otros ni para que lo justificaran como “gastos sociales”, tal como habían hecho. Y era cierto, como también reconocieron por carta los ex niños de Moscú. El destino de ese dinero no se ajustaba “literalmente” a la reglamentación que se exigía en el Boletín Oficial del Estado. 

El reclamo de la deuda pasó del Ministerio de Asuntos Exteriores a manos del Ministerio de Hacienda en 2010. La reanudación de las subvenciones quedó de facto congelada y condicionada a la devolución íntegra de ese dinero. En un oficio enviado a Moscú por la Agencia Tributaria hace apenas cinco meses, se reiteraba textualmente que esos 21 mil euros se habían convertido, aplicados los correspondientes intereses, en 25 mil 554 euros. Un dinero que crece cada año y que en España puede parecer poco, pero en Rusia, donde el salario promedio mensual rara vez supera los 500 euros, es una verdadera fortuna.

De nada han servido las muchas cartas que Francisco Mansilla ha remitido a Hacienda solicitando que se acepte una devolución a plazos. Porque mientras tanto, las subvenciones de Madrid han seguido sin llegar y el precio del alquiler que cobraba el ayuntamiento de Moscú se ha triplicado. Han logrado pagar los cuatro primeros meses del alquiler de 2014 gracias a una donación inesperada que recibieron del gobierno vasco. “Gracias a este gesto de solidaridad, el Centro Español en Moscú podrá sobrevivir hasta el mes de mayo”, escribía Francisco Mansilla en una carta de agradecimiento fechada el 26 de febrero de este año. “Mientras tanto, estamos esperando una solución por parte del gobierno español”.

Los próximos meses, de hecho, los vuelven a afrontar con aportaciones personales de los socios. Las aportaciones personales de estos 103 mujeres y hombres proceden exclusivamente de los 360 euros mensuales de pensión que perciben del gobierno ruso, más los 200 euros al mes que reciben desde España a través del Instituto de Mayores y Servicios Sociales (Imserso). En otras palabras, de lo que puedan arañar de sus vitales pensiones contributivas por jubilación.

Tras la última comunicación de la Agencia Tributaria incrementando los intereses de la deuda y sin haber recibido respuesta a las cartas enviadas al gobierno de Madrid, escribieron al rey Juan Carlos y a su hijo. El 23 de diciembre de 2013 recibieron respuesta de la Casa del Rey. Alfonso Sanz Portolés, jefe de la institución real, decía que “por encargo” expreso del rey había “remitido su escrito” sobre “la difícil situación por la que está atravesando el Centro Español en Moscú” a “la Presidencia del gobierno, para los efectos oportunos”.

De momento, sólo han recibido el silencio por respuesta. Ni Mariano Rajoy ni ningún otro miembro del gobierno ha atendido a la mediación del rey en el asunto ni a las muchas cartas que se les han enviado a través del consulado en Moscú. Las aportaciones de España en 2013 se habían limitado a cubrir “los gastos del seguro médico y los complementos al subsidio mensual de los Niños de la Guerra residentes en Rusia”.

Todos los demás gastos se cubrieron con donativos y aportaciones personales de los socios. Es decir, y según figura en la contabilidad oficial de la Casa de España: alquiler del local, comunidad de vecinos, electricidad, gas, evacuación de basura, comunicaciones, “un agua en botellones”, impuestos, comisiones bancarias, “papel higiénico, detergentes, platos y vasos desechables, reparaciones, limpieza” y organización de actividades culturales.

En total, un millón 722 mil 158 rublos, es decir, 35 mil 177 euros procedentes del bolsillo de unos niños que involuntariamente quedaron “huérfanos con sus padres en vida”. Sólo en 2013, el alquiler del local había subido de 13 mil a 26 mil euros anuales, justo el doble. En 2014 un nuevo aumento ha colocado el alquiler en casi el triple de lo que pagaban hace un año.

Son cifras que los amedrentan. Las muestran durante un sencillo almuerzo en la propia sede, para el que Conchita ha preparado un guiso de lentejas a la vasca y regadas con vodka. Una comida en la que mezclan el ruso y el castellano con absoluta naturalidad y en la que reconocen sin lágrimas que aún no comprenden la vida que les ha tocado ni de qué tienen la culpa.

Eran muy pequeños cuando les acogió una Rusia proletaria afectada en esos tiempos por la llamada “peste hambruna” que se venía propagando desde 1933 y que llegó hasta Ucrania, la despensa de Moscú. Les acogió una Rusia que les dio mantequilla, becas, formación técnica superior y empleo cualificado en los lugares más remotos de la estepa. Recibían becas especiales, equivalentes a lo que hoy serían 500 rublos mensuales (10 euros), mientras que las de los rusos eran de 150 rublos (tres euros). Se les permitía acceder a puestos técnicos de gran nivel sin la obligación de hacer las oposiciones que exigían a los rusos. Les acogieron familias rusas que les convirtieron en hijos legítimos. Se les trató como a príncipes desheredados, con verdadero afecto y compasión.

Pero también les acogió un terrible régimen político que hasta 1947 les prohibió cualquier gestión que pudiera permitirles localizar en España a sus padres biológicos, un régimen que les negó el derecho a escribir cartas a sus familiares. Familiares, por cierto, que suponían a salvo a sus “huérfanos”, que los imaginaban en el paraíso socialista y que no sabían  —ni podían imaginar— que muchos de ellos morirían por las enfermedades contraídas por los alimentos crudos o en mal estado que en aquellos primeros años eran los únicos de los que disponían los soviéticos. Que ignoraban que los habían salvado de una guerra en España para dejarlos a merced de las consecuencias de una guerra mundial en suelo soviético. Y que tampoco supusieron que hasta 1956, año de la muerte de Stalin, se les impediría salir de las fronteras de lo que fue la Unión Soviética.

“¿Por qué el gobierno no entiende que estamos muriendo en tierra ajena?”, se pregunta Enrique Alonso, el secretario de la Casa de España mientras felicita a Conchita por el sabor de las lentejas. Por haber nacido en Rusia en lugar de en España, como su hermano, no percibe ningún tipo de subsidio. A efectos legales es un ruso. Y sin embargo dice: “Yo fui engendrado en España, aunque mi madre dio a luz en Moscú. Soy español. Y el sol de la patria calienta mejor que éste”.

Cada una de las 103 historias personales que sobreviven en Moscú tiene la morfología concéntrica de la cebolla. Capas y capas y capas que tienen su origen en la misma tragedia: el exilio involuntario; el exilio de niños, en algunos casos de bebés o embriones, cuyo único delito ha sido que sus padres los pusieran a salvo de las bombas franquistas.

Mansilla, el presidente del Centro Español, abandonó su casa madrileña en El Rastro en octubre de 1936 y estuvo en una colonia de acogida en Valencia hasta marzo de 1937. Llegó a Moscú con 10 años, en un interminable viaje en el buque Cabo de Palos junto a los otros 100 chavos de la colonia levantina. Un barco, por cierto, que a su regreso a España fue bombardeado y hundido por transportar tanques para los republicanos.

Los cuatro hermanos de Francisco Mansilla pudieron regresar a España en 1956, cuando Kruschev autorizó la salida de los “niños” españoles. Su antecesor, Joseph Stalin, los había retenido en suelo soviético porque los quería enviar “a otras revoluciones”, a lo que llamaba “la revolución permanente”. Pero a Francisco le negaron la entrada a España cuando por fin podía salir de Rusia por considerarlo “comunista”. Y es lógico, dice, mientras abre una botella de coñac que en realidad es de whisky, pero él no lo distingue: “Hemos sido comunistas siempre y lo seguiremos siendo. Por más errores que se hayan cometido aquí, seguimos creyendo en los ideales”.

Cuando Mansilla localizó a sus padres a través de una carta que envió a un cura de su pueblo natal, la respuesta que recibió fue la siguiente: “Te hacíamos muerto en las nieves de Rusia”. Su esposa rusa lloraba en 1970 cuando lo acompañó a España, la primera vez que regresaba, y vio una tienda con más de 200 tipos de quesos diferentes, porque en Moscú jamás habían visto uno. La madre de Mansilla había muerto 10 años antes, en 1960. Su padre, ya muy anciano, moriría 14 años después de aquel primer reencuentro.

Tras el relato, Mansilla brinda “por las mujeres que adornan esta mesa” (un brindis tan clásico como gentil en Rusia) y luego brinda “por España”. Yo los invito a que lo hagan por mi brindis favorito, “por si acaso”. Después, levanta lentamente sus 87 años y camina por la última fotografía que le tomaron en Valencia. Asombroso. Ya era un niño menudito, rapado, con la mirada clavada en la incertidumbre. Se le escucha y sigue siendo el mismo: un niño.

Es importante entender que en Moscú sólo quedan vivos 103 de estos pequeños exiliados. Y es importante no sólo por la desproporcionada insolidaridad que a estas alturas representa su nuevo abandono, sino por lo que económica y jurídicamente significa. Al reclamo de esos 21 mil euros de gastos indebidamente justificados en 2006 y sus correspondientes intereses de Estado, se sumó contra ellos una reforma legislativa realizada en 2008 y 2009, de nuevo de manos de Rodríguez Zapatero. De ser refugiados de guerra pasaron a ser “emigrantes”, sin más. Como si hubieran sido ellos los que decidieron abandonar España por su cuenta. Como tales, tienen derecho a una ayuda anual equivalente a un dólar por cada miembro de la comunidad, es decir, a 103 dólares en el caso de los Niños de la Guerra frente a los 330 mil dólares que percibe, por ejemplo, la comunidad de emigrantes en Argentina, compuesta por 330 mil españoles, o a los 160 mil de la comunidad española en Venezuela o a las 180 mil personas de nacionalidad española en Francia.

Las ayudas, además, se daban sólo en el caso de que dichas comunidades obtuvieran más de 25 puntos en los nuevos parámetros que establecía la ley. Los puntos dependían de la cantidad de actividades “culturales” que organizaran dichas comunidades.

En el caso de los Niños de la Guerra, en ningún momento llegaron a los 25 puntos, lo máximo que han alcanzado es 15, pues además de ser muy pocos y no percibir la subvención anual, apenas han tenido dinero para organizar suficientes actividades como para percibir esos 103 míseros dólares de subvención anual.

Otra vez el asombroso destino.

“No pretendemos con esta carta abrumaros ni quitaros ningún tiempo”, reza el mensaje que enviaron a los reyes y al príncipe de Asturias el 17 de diciembre del pasado año. “Los que quedamos en Rusia organizamos en ella nuestra vida y familia y, siempre pensando en España, nos conformaba acudir a nuestra amada tierra al menos una vez al año, mediante los viajes organizados por el Imserso”.

Curiosamente, el bloqueo económico a los Niños de la Guerra ha afectado también a esos viajes. Ya no se les paga nada ni se les facilita nada. Hace ya unos años que el Imserso recibió instrucciones del gobierno de no subvencionar esos viajes que realizaban a España.

Es terrible, dice Mansilla: “En Rusia somos españoles y en España, rusos. Sin ver España es muy difícil nuestra vida”, añade. “Nuestro tiempo se agota”, dice por otra parte en la carta enviada a la Casa del Rey.

“Si Vos no lo conseguís, seremos desalojados de este lugar histórico para España (…) y en ese desalojo también se irá nuestro corazón, ya que es el espíritu del Centro Español, identidad de nuestra patria perdida, lo que nos mantiene aún con vida”.

Tristes datos de mayo de 2014. Los 103 Niños de la Guerra deben a la Hacienda española 25 mil 554 euros, intereses incluidos. Hacienda no acepta el pago aplazado que han propuesto, a razón de 2 mil 554 euros por año. Mientras la deuda esté viva, no volverán a percibir los 40 mil euros anuales de subvención que les permitan pagar el alquiler de la sede y su mantenimiento.

La Casa de España, tan humilde, tan deliciosamente noble y acogedora, ha comenzado a empaquetar en cajas sus enseres.

 

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Nación de necios

El fútbol, en ocasiones, puede ser un arte, una suerte de expresión estética en el comportamiento humano que imprime de emociones de alto voltaje a millones de esos bípedos a lo largo y ancho del globo terráqueo. Ajustando la mira telescópica, muchos de ellos transforman ese placer, de manera cotidiana, en obsesión de la que depende en un porcentaje elevadamente dañino su rumbo vital, ya ni siquiera con latido dominguero al tener partidos casi a diario. Lo que parece ser incapaz de abstraerse de los colectivos como conjuntos seguidistas del folclore bien engalanado es el factor amnésico que sudora bajo símbolos que vienen bien al negocio; cada cuatro años, un Campeonato de Fútbol a nivel mundial viene de perlas, más aún en los tiempos del inmovilismo dinámico que transitamos, para que el objetivo recorra miles de kilómetros y deje la pradera catódica, las columnas periodísticas, ajenas al factor propio de los hechos que van modificando el paisaje. De este modo, no hay mejor toque de atención que un silbato al aire y un balón rodando en algo semejante a un decorado de ficción, un plató en el que todas las tomas se envían, instantáneamente, a positivar, para que se detenga el mundo y la gran pantalla se despliegue a toda velocidad. Hasta que esa pelota de reglamento se obstina, en cinco ocasiones, en atragantarte el psiscolabis y la distracción a deshoras reales.

EspañaHolandaEl estreno de la selección española en el Mundial de Brasil recién inaugurado ha supuesto, en noventa sencillos minutos, el agrio antídoto para esos millones de ciudadanos que han sido animados, más aún a golpe de títulos y su eficaz postventa como éxito colectivo, del terreno a la grada y más allá, a comprometer cierta liberación de sus ahogamientos diarios en esta apuesta no asamblearia. De una tacada, plazas y avenidas del Estado español quedaron silenciadas por la imprevisibilidad del azar deportivo, y es doblemente traumático para la expectación sin ganas de sorpresa (paradojas del fútbol moderno), con una generación que ha entendido el triunfo como una rutina, y ha entregado sus expectativas de hacer de la vida un espacio alegre a oráculos con lenguas muertas, inamovibles.

EspañaHolanda2Podemos consolarnos con que el mal del fanatismo loco no es, ni mucho menos, exclusivo de esa pasión latina que se exporta como adjetivo pero se sustantiva como un cefalópodo que derrama sus tentáculos en todo tiempo, a todo modo, por el conjunto de la sociedad. Las versiones ulteriores del circo siempre han supuesto condimento de conservación estructural por parte de la realidad política, levantar o dejar caer el pulgar ya es algo que dejan al público, y en su asentimiento, casi en comandita, filtrándose en ella con interés electoral y de respaldo necesario, hacen masa, moldean su diplomacia.

Para el futbolero gobierno de Rajoy, tan acostumbrado a asumir como triunfos de una política inmaterial las victorias del deporte nacional, el noqueo sufrido ante Holanda en la primera jornada mundialista provoca una úlcera en la distensión de realismo socio institucional que pretende en estas fechas, cuando seguramente vivía en la ensoñación de estrenar tribuna triunfal con el acelerado emperador Felipe VI, entronado a tiempo para que pudiera realizar sus tribulaciones representativas a toda pastilla. Quizás esa goleada, por tanto, despeje toda esa borrasca de somníferos atronadores que nos dejan con los ojos dando vuelta, y antes de lo previsto se abran los cielos, nos abrace el tibio verano, y se derrumbe la última muralla de climatología política para mirar hacia adentro, que tanta falta le hace a esta nación de necios.

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