Disquisiciones veraniegas (IV)

Antes que el calendario intraparlamentario recupere su anodina uniformidad conviene despedir este augusto mes con una de alcaldes. Los que conservarán su nicho de confortabilidad antipolítica y los que están por llegar desde la cercanía de las minorías unívocas. La reforma de la normativa electoral en lo que afecta al régimen local, además de extemporáneo y tramposo, como ya se ha comentado ampliamente en diferentes medios de comunicación, también adolece de cualquier viso de animosidad democrática, esto a pesar, precisamente, de muchos de esos análisis periodísticos que disculpan el fondo de la cuestión poniendo el énfasis únicamente en la forma. Y no. El estómago de la última andanada del Partido Popular para sostener por las bravas el poder municipal en las grandes capitales del orbe hispánico resulta un insolente ataque al deguello de cualquier esencia representativa que se precie. María Dolores de Cospedal ya mostró el camino a sus huestes conservadores reduciendo el número de parlamentarios autonómicos de Castilla-La Mancha y haciéndolo, además, sin debate plenario y sin contar con la más mínima voluntad de explorar consensos con otras fuerzas parlamentarias. A costa de ahorrar unos pocos miles de euros en salarios y dietas, la secretaría general de los populares se dio el atracón más voraz de política reaccionaria que se haya celebrado en España desde 1978.

Separemos la paja del trigo; el voto, de la voluntad. Esto es, comencemos por el final, que suele hacer más sencillo recorrer el camino ya escrito. Que gobierne, per se, la lista más votada, ni resulta más democrático ni, por supuesto, conlleva mayor eficacia de la res pública. Los pactos postelectorales resultan consustanciales a la mejor virtud de la política hecha entre todos, otra cosa es que dichas alianzas se establezcan en base a meros repartos de poder, a cuestiones de codicia personal. Pero para evitar esas situaciones no se puede establecer una cláusula de juego más ominosa en el epicentro del terreno de juego electoral. Es a la ciudadanía a quien le corresponde (y en el terreno municipal no nos negaran que resulta mucho más sencillo) evaluar el capital humano que compone las diferentes listas en su respectiva circunscripción, y exigir, mediante una actividad política permanente como animal colectivo necesitado de salubridad institucional, rigor en la defensa de los proyectos políticos presentados en campaña, así como coherencia en los acuerdos inter partes que puedan resultar de la conformación del ayuntamiento donde se encuentren empadronados. Que, como cacarea irritantemente Mariano Rajoy a ritmo de canícula gallega, puedan resultar gobiernos locales mediante acuerdos de tres, cuatro o cinco (o veinte) partidos, no supone la más mínima contradicción con la esencia de la democracia, mas al contrario, en circunstancias de honestidad pactista, limpia y da esplendor a los comunes rebuznos huecos entre militancia contraria a cada pleno que se celebre en lo largo y en lo ancho del Estado. Todos ellos comprenderan, de manera conjunta, una mayor representación ciudadana en número de votos, ergo el cauce nunca se rebosará de manera atronadoramente ilegítima. Al contrario, la automática gobernanza del minoritario más votado plantea dos dudas inmediatas: ¿Se permitirán las mociones de censura? (de ser así, todo este quebradero fabulado por el presidente y su círculo más temerosamente cercano no haría sino retrasar unos días lo inevitable en cientos de corporaciones locales); y ¿de no ser así, está preparado para crear un mapa municipal con multitud de plenos bloqueados?

Lo de ir, una vez surgidas todas las grietas que plantea esta nueva irracionalidad a golpe de mayoría absoluta, improvisando soluciones al modo de posibles segundas vueltas ya resulta dramáticamente carcajeante. Si se afirma haber visto la luz de la democracia perfecta tras cuarenta años en que se ha jugado a unas reglas establecidas por sus mismos padres políticos, ¿Por qué no se aprovecha el golpe de mano para establecer el mismo parámetro electivo en los parlamentos autonómicos y las Cámaras nacionales? Ah, no, que en recintos como el Senado se vive muy bien eligiendo un tercio de sus representantes a dedo autonómico y sin responsabilidad legislativa real. Como diría el ínclito Mariano “Esto ahora no toca”. Lo que corresponde, visto lo visto, es continuar alejando a la ciudadanía de las instituciones, pero acercando a la gente al colmo de su paciencia.

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Disquisiciones veraniegas (III estivales, V petroleras)

La guerra del petróleo canario, sobre el que chapoteamos por quinta edición, aumenta su acopio de armas entre los principales frentes en disputa. Mientras, la compañía privatizada Repsol observa el mutuo lanzamiento de órdagos y continúa su plan de sondeos al mismo ritmo que suaviza a golpe de página a color diaria la beligerancia de los medios de comunicación del archipiélago.

RiveroSoriaEl petróleo canario, por no ser, aún ni es. El petróleo canario puede que sí sea en informes confidencialísimos de la petrolera de Brufau, pero a nivel externo supone una apariencia de potencial negocio, una riqueza que anuncian para todos pero no es más que para unos accionistas dispersos y poderosos. El petróleo canario, al emanar de las profundidades oceánicas, en medio de una nada demasiado cercana a la arena fértil en turistas de rentabilidad notoria y todo él rodeado del agua presta a desalinizarse para surtir las necesidades de unas islas secas, no tiene como destino (o no de manera imperativa) cubrir con bonhomía un porcentaje de la dependencia energética del Estado, sino los surtidores que más calienten al albur de los petrodólares.

El petróleo canario, si emana como torrefacto pegajoso en ubicaciones interfronterizas tan vagas como el oleaje que las circunda, que fantasmagóricamente trazan su radio de influencia en esto del capital y las posesiones terrenales de los reinos de pega, pagará poco al Estado pero deberá mucho a su ministro, José Manuel Soria, veloz por África, amodorrado al asomarse al Mediterráneo. Por su parte, el presidente del ejecutivo autonómico, Paulino Rivero, desprecia lo fósil, aparta su sonrisa de antaño a aquél que fue su vicepresidente cautivador, en ningún caso cautivo, en la pasada legislatura. Pero no le hace ascos desde una conciencia medioambientalista, ni mucho menos, como mencey de un territorio fragmentado en lo territorial pero cohesionado en su devoción por el cemento y el alquitrán. El petróleo canario encandilaría al Presidente si una idílica UTE formada por el gobierno regional y un par de empresas sondeadoras y extractivas llevara a término la aventura oceanográfica en busca del monstruo del chapapote embarrilado.

PetroleoEl petróleo canario no es todavía pero, en todo caso, nunca será para los ciudadanos del archipiélago. Ni para los del resto del Estado español, porque en este país las playas no se venden pero el subsuelo se regala. El petróleo es feo, pero lo usamos a diario, lo necesitamos como el agua porque su transformación en energía nos dan la vida tal y como la conocemos. No nos gusta en la puerta de casa pero sabemos que hay plataformas frente a las playas de otro, de la misma manera que saboreamos con primor un jugoso entrecot pero ni oir hablar del proceso de sacrificio en nuestros mataderos, de la agonía cruda y real de los animales para que el mercado de ágil, higiénico, seguro. Rentable. El petróleo canario también parece serlo, aunque en palabras de Repsol parece poco más que su búsqueda en medio del Océano Atlántico es acto de caridad petroquímicristiana, a suponer por la cantidad que se espera encontrar y los costes que supone su hallazgo y extracción.

El petróleo canario tiene permiso ministerial para hacerlo salir de su escondite, y también encuentra en lontananza un referendum que se acerca a fechas agigantadas en busca de enterrar su sombra, aún desenfocada, hasta mejores tardes políticas. Entre políticos canarios anda el juego, frente a información parcialísima andan los habitantes de Canarias, y contra el porvenir anda toda la personalidad del Capital, obviando el destino humano para alimentar la codicia inmediata.

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Disquisiciones veraniegas (II)

En los meses que cada vez para más gente son de asueto perpétuo no se crea empleo. Cualquier cifra que pinte sus labios con intenso color de esperanza brillante a ojos de políticos lascivos no es más que el reajuste macrolaboral de una realidad que debe ampliar sus miras a años vistas o, al menos, a esos doce meses que nos hemos inventado los humanos sirve para cuantificar todo lo terrenalmente incontrolable. Menos aún resulta de aceptación para la honradez vital sacar pecho y maracas rumberas contando falsedades a medias. Resulta de todo orden inaceptable que se propugne con la deshonra de un duelista en desbandada suertes de recuperaciones económicas, de empleo a manos llenas, cuando la creación neta de puestos de trabajo, por sí solo, ya ni siquiera es para el verano. Ni para la abstinencia de esperanza.

En primer lugar, uno de cada cuatro empleos que se ha creado en los últimos meses tiene una duración inferior a una semana, con lo que el mismo ciudadano puede contar, a efectos de orgasmo ministerial de la devota Báñez, como tres empleados en uno en el mismo plazo de treinta días, lo que pega pero no junta. Y, claro, le vale para hacer su casita de papel pero no previene para cualquier brisa que anuncie su llegada en lontananza. Por otro lado, el silencio de las buenas nuevas hace un acto de presencia transfronterizo, con guardia a ambos lados de la verja política, cuando de callar el número de exiliados se trata: Más de 200.000 ex cotizantes de la Seguridad Social que han tomado las de Villadiego, ergo para la filosofía popular significa otros tantos problemas estadísticos menos, ya que ante el vicio de no pedir empleo está para ellos la virtud de hacer como que ni nacieron por los alrededores de Ponferrada.

Y para finalizar la estadística completa de esos fuegos de artificio tan del gusto de quien deja en manos de la virgen del Rocío la economía doméstica a jornada sin descanso, la media de horas de trabajo por contrato formalizado en esta última etapa se establece en diez por trabajador, con lo que por cada puesto de trabajo indefinido y de 40 horas de duración, lo normal es ahora realizar cuatro, de carácter visto y no visto, y nuevamente al circuito de creación-destrucción, que es como masticar un bistec, soltar el buche y volverlo a engullir, aunque suene repugnante, con la imaginación perniciosa de que estamos comiendo dos por uno.

Evidentemente estas coartadas las utiliza con conciencia de causa, pero sin ningún cargo de conciencia, el ejecutivo del Partido Popular, ya que cualquier estadística puede publicarse imprimiendo sólo los quesitos que emitan mejores destellos. Los otros también existen, y juntos expulsan una realidad espantosa. Pero ya se sabe, mientras el tiempo corre, cabalga la esperanza. Aunque esta sea de unos pocos, y con tan mal gusto.

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Disquisiciones veraniegas

Disquisiciones de esta temporada estival en penumbra soleada, con el menor nivel de rigor en su análisis que el término, en la acepción sin poros de la RAE, permita. Y es que el verano es tiempo de estallidos con poca onda expansiva, no por el contenido o los materiales de la subsodicha explosión, sino porque el efector amplificador queda en nada frente a redacciones que, depauperadas a tiempo completo, hacen su agosto sudorando becarios y maniatando el tiempo de la información.

No obstante, hay determinadas actualidades que no se encuentran en primera línea de titulares pero no por ello deben evitar tostarse al sol del análisis que más padece. Porque este mes, tradicionalmente en stop político, aviva demasiadas urgencias durante el pasado ejercicio. Y eso es así porque el run run ciudadano no descansa, porque las elecciones municipales de 2015 se acercan a la velocidad de un utilitario con dirigente del PP al volante y, sobre todo, porque la apariencia de transformación voluntarista de las formaciones políticas jurásicas necesita, en este momento, usar el disfraz de héroe sin descanso.

La nueva ejecutiva del PSOE, liderada por la sonrisa deconstruida del encantado de conocerse Pedro Sánchez ha tenido un gesto de revolucionaria iniciativa pedagógica al poner al frente de su departamento de “regeneración democrática” a alguien como Ximo Puig, lider de los socialdemócratas valencianos, como si acabara de llegar a la primera escena política en los primeros días de la canícula. Y, claro, el puesto hay que ganárselo, para no salir con el más mínimo desencuadre en el nuevo retrato de familia. En ese sentido, se muestra partidario de que los diputados coticen por su actividad parlamentaria y puedan tener su seguro de desempleo en lugar de que fichen por una empresa donde puede haber colisión de intereses. “Prefiero que un diputado tenga seguro de desempleo a que pueda irse a trabajar a una empresa a la que ha beneficiado con sus decisiones”, ha añadido.

Estamos, pues, ante la rendición previa a la batalla, algo predecible en un político de viejo cuño que es incapaz de razonar fuera de las lógicas de supervivencia electoral. Si no puedes con el enemigo, abrázalo hasta colmarlo de besos mustios. Su idea de regeneración democrática ni siquiera pierde el tiempo deambulando por los espacios comunes, tan pisoteados, de la limitación de mandatos y otros senderos de la bebida instantánea preelectoral. Directamente, Ximo Puig se arroja a la evidencia de que su casta es de visitar y quedarse a la cena, por lo que ya puestos, que sirvan más pavo, que la noche es joven. Entender la res pública como la entrega transitoria de la voluntad y la experiencia humana para mejorar la actividad y los servicios colectivos no se recoge en el diccionario del político como parásito social. Es más, el regenerador democrático acepta como presupuesto inicial que sus compañeros de bancadas llegan cada día antes y no están por abandonar el claustro así que, ya puestos, que saquen la cubertería de plata. Olvida que actualmente congresistas y senadores se aseguran el máximo de pensión de jubilación con sólo reposar sus inquietos traseros en sede parlamentaria a lo largo de dos legislaturas, con lo que su propuesta, además de involucionista en la búsqueda de la transparencia real, ahonda en lo acomodaticio de las perversidades políticas contemporáneas en tierra ibérica.

Y, así, transcurre el agosto. Pero no agotemos todo el sudor de la maledicencia en una sola sesión bajo el sol que más calienta…. nuestra paciencia.

 

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El rejuvenecimiento rugoso

PedroSanchez1Una renovación a las puertas de un museo, el surrealismo de las prisas sin equipaje a la vista; en definitiva, el rejuvenecimiento áspero en su superficie y al tacto político con el ph menos neutro posible. Desde ahí emerge la figura baloncestística de Pedro Sánchez, diminuta hace menos de cuatro meses y que, desde, por o para el aparato, ha aumentado internamente a una velocidad que riase usted de la exponencialidad electoral de Podemos. Pero ahí se queda, en lo interno, en lo doméstico y domesticado, tanto así que de los diecisiete puntos a los que se comprometió el político madrileño en su presentación como candidato nada ha tardado en conculcar el primero de aquéllos a los que ha tenido acceso, esto es, retrasar las primarias en su formación para elegir el candidato, el cabeza de cartel, el rostro que intentará mantener la pelea vacua en una política sin contenido.

Lo que es indudable es que con Pedro Sánchez ha desembarcado de manera definitiva y refinada el modo norteamericano de hacer política por estos parajes en desertización democrática. No hay más que ver el video propagandístico para animar su campaña interna en el PSOE, recorriendo aspectos de su intimidad más prescindible en el debate de las ideas, el que en cualquier escenario político se necesita: amigos de infancia relatando sus virtudes y esas pequeñas debilidades, tan tiernas en la construcción del liderazgo; una novia que recibió el flechazo instantáneo, irresistible, ante la presencia del nuevo Secretario General socialista, recordándote que si ella no pudo resistirse antes incluso de hablar con él, ¿Cómo vas a hacerlo tú, desorientado votante, que tanto anhelas abrazar nuevamente la rosa aunque tenga espinas?

PedroSanchez2Volvamos a los famosos diecisiete compromisos de Pedro Sánchez, la tenue sombra a la que todos los dirigentes socialdemócratas ahora se arriman en busca de tímido cobijo para que su arboleda electoral no se despoble, obligándoles a huir al mundo real, con el cambio policlimatológico que se avecina. Luchar contra la corrupción, primarias para todos, puertas giratorias atrabancadas, fin de indulto y aforamientos múltiples, reformas legales genéricas, etc. ¿Y dónde podemos encontrar el socialismo que reclama la ciudadanía, la búsqueda de condiciones laborales y de ejecución real de derechos y perspectivas sociales? No en su sonrisa, desde luego, porque el PSOE se encuentra sujeto a una mastodóntica maquinaria de supervivencia enterrada entre su poder ser y su ser real. Resulta evidente que una participación del 65% en sus bases de afiliados en un éxito de movilización, pero habrá que ver si estos lo han hecho también en la convicción que el cambio de cromos volverá a resultar higiénico para que su hogar político no se derrumbe y, más aún, resurja de sus múltiples cenizas ideológicas.

Desde IU y Podemos resulta bastante evidente su común regocijo por esta orientación en el aparato socialista, que parece preocupar en mayor medida al PP que a todo aquello que se viene gestando a su izquierda, cada día a mayor distancia de lo que sus siglas aparentan ocupar. No obstante, resulta paradójico que quien más le alabe también le tema, bien porque por un lado garantiza el equilibrio del bipartidismo por más que la primera decisión, nada meditada y muy en la línea efectista de la vacuidad programática, sea romper el pacto pro Junker, aunque también su aparente moderación salvaguarde el negocio pero pueda, desde la parafernalia del marketing político, pescar con cierta opulencia, por primera vez, en el caladero popular, siempre a salvo del pirateo electoral por más que Vox y otras cañas desorientadas hayan intentado asomar en río revuelto.

¿Quién ha sido quién en estas urgencias? Negar que el cataclismo de los pasados comicios europeos no ha removido, dentro de sus escasas capacidades, briznas de apariencia cambiaria en los mastodontes políticos es de un cinismo espantoso. Pero está claro que el Partido Popular postergará cualquier estrategia a la extenuación de su mayoría absoluta, mientras que tanto Eduardo Madina como Pérez Tapias ya venían siendo rostro de líneas que rumiaban otro panorama antes incluso que se certificara la defunción de la calma bipartidista. En cambio, será Pedro Sánchez, un obediente miembro del aparato tanto desde su responsabilidad en la Asamblea General de CajaMadrid como en la reforma express del artículo 135 de la Constitución, quien decore el futuro próximo de la socialdemocracia española. Su sonrisa ya ha llegado. Sus ideas, si las tiene, se harán de rogar.

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Interdicción de la arbitrariedad

InterdiccionArbitrariedad2Una vez dada por finiquitada la crisis, esto es, asegurada la recuperación de capital, control de salarios y destino de los trabajadores por parte de los perennes altos del curso de la Historia, se nubla una pantalla que emitía créditos convenientemente confusos y el servilismo político ha acelerado su inclinación, presto a desplegar nuevos cachivaches a un lado para despistar a la hora del saqueo. Ahora toca el turno a mansalva para que la inimputabilidad cotice en mercados de aforamiento primario, la justicia no mire para ningún lado allende las fronteras, o las brechas socioeconómicas y de oportunidades, ya de por sí insorteables, se eleven como vallas de expulsión ciudadana.

¿Y qué nos queda? Pues por ahora el pataleo recurrente, cotidiano, con más o menos éxito de afluencia en función del grado térmico de indignación que se produzca por cada una de las situaciones que nos arrojan al plato, una vez hecho bola incomestible. Y en esos encuentros, habitualmente dominicales, salimos adornados de cartelería variada desde la que dejar constancia al semejante que, al otro lado de la fotografía o la actualidad televisada, opta por amodorrar su derrota, a ver si con algún teorema impactante conseguimos que deje el chandal de interior y se sume al jogging de protesta colectiva. En esas calles que nunca fueron nuestras, goza de gran éxito frente al micrófono en directo reclamar que se cumplan los derechos más vistosos que los padrastros constitucionales dieron por buenos redactar, darles cuerpo, pero con sus sistemas nerviosos y reproductivos totalmente desabilitados. El acceso a la sanidad pública y universal, a una vivienda digna, etc., son calificados, en época de privatización masiva y de segregación social sin parangón, como “principios programáticos”, meras buenas intenciones que el legislador dejó plantadas por si el tiempo y los azares tenían a bien suministrarles algo de abono normativo, aunque en realidad no han sido más que “frustraciones constitucionales”; aspirar a que lo que la mayoría considera pilares de nuestro Estado actualmente asocial no se quede en unos pocos ladrillos presos de aluminosis, parece dormir el sueño de los injustos.

InterdiccionArbitrariedad2La Constitución española está a buen recaudo. Lejos de las garras ciudadanas, se entiende.  No hay más que recordar como se enarbola una supuesta inmutabilidad permanente en la cúspide del ordenamiento jurídico mientras por sus puertas traseras se maltrata el mismo, con modificaciones en la madrugada de los tiempos en los Estados contemporáneos (artículo 135 y su entreguismo deudor al capital con prisas). Por ese motivo, no parece el camino más recto para protagonizar los cambios necesarios y deseables aquél que pretende transitar a tumba abierta, con escasa visibilidad y lleno de obstáculos. En cambio, existe un apartado constitucional que no es receptor habitual de visitas ni menciones, y desde el cual se sostiene, con repugnante elasticidad, el trayecto contrario al que su composición jurídica pretende guiar: la interdicción de la arbitrariedad (artículo 9.3).

Este principio supone la prohibición expresa para los poderes públicos, entendidos éstos en el sentido más amplio de la terminología legal y su correspondiente traducción vía pronunciamientos del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, de actuar de manera caprichosa, dañando el principio de igualdad de trato frente a los administrados. Dicho así resulta obvio, pero no por ello es menos asombroso que no se tarde apenas unos segundos para recorrer decenas de acciones políticas que patean sin pudor este mandato principal recogido en nuestra Carta Magna.

InterdiccionArbitrariedad3Sí, por ejemplo y de manera destacada, éste es uno de ellos: los indultos. El derecho de gracia sin justificación social ni piadosa que conculca penas a quienes no sólo tienen, como el resto de ciudadanos, la obligación de conocer la ley sin ser eximidos de ello por desconocimiento, sino que por notoriedad pública deben desarrollar un impecable ejercicio profesional, reforzado en esa posición preeminente en la escala capitalista en la que dicen jugar sin cartas marcadas. ¿Y qué decir del proceso de desentronización, entronización, aforamiento y blindaje del linaje Borbón en estos últimos días? Algo de arbitrio sí que parece rezumar la manera en que desde el bipartidismo se otorga un aurea especial al abdicado y su regia plebe, con tal de que los juzgados queden a enorme distancia de su trayectoria.

Estos detalles sólo son algunos artificios que pueden destapar en su mente las interminables explosiones de lucidez que le llevarán a recordar que frente a tanta y tanta desigualdad legislativa se encuentra la mencionada prohibición, sorteada a diario, ignorada por muchos.

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Pasen y agredan

FÚTBOL SEGUNDA A UD LAS PALMAS - CORDOBAEn el circo del fútbol todo está permitido. Por todos y contra todos. Porque, ¿el gallináceo accedió con anterioridad a la sinrazón de los estadios o fue, por el contrario, al romperse la cáscara del huevo cuando se comenzó a cocinar todo aquéllo que ha desembocado, por ejemplo, en los incidentes de este fin de semana? Recordemos sucintamente el relato de los acontecimientos que pudimos contemplar, destemplados, en el Estadio de Gran Canaria el domingo pasado, a cuenta del partido de vuelta del play off definitivo para cubrir la tercera plaza de ascenso a Primera División entre la UD Las Palmas y el Córdoba: 32.000 localidades ocupadas íntegramente, victoria por la mínima del conjunto local en el momento de adentrarse el encuentro en el tiempo de descuento y, a través de una de las puertas de acceso al recinto deportivo que se abren con cierta antelación para permitir la salida controlada de aquéllos que deseen retirarse de manera inmediata, se cuela un número indeterminado pero cuantioso de gente que, en su mayoría, opta por saltar al terreno de juego para celebrar su inconsciencia, hacer suya una fiesta a la que no están invitados; el colegiado, ante la peligrosidad de la escena, opta por parar el partido cuando falta por discurrir un minuto y medio del tiempo añadido, con jugadores y directivos locales pidiendo, a voz en grito, que cese la invasión, que no destruyan lo que deportivamente tienen al alcance de un suspiro. Tras siete agónicos minutos en los que la inmensa mayoría del respetable increpa a los vándalos, el trencilla se dedica a negociar con las partes implicadas y los nervios gravitan formando una panza de burro esquizofrénica en el recinto de Siete Palmas, se opta por reanudar la contienda, con los segundos y el desconcierto suficientes como para que los jugadores visitantes igualen con ímpetu y oportunismo el partido y, por lo tanto, accedan a competir en la máxima división el próximo ejercicio. A partir de ahí, el descontrol más absoluto: agresiones mutuas entre aficionados de arriba y abajo, jugadores, directivos y árbitros saliendo en estampida al túnel de vestuarios, pillaje, destrozos… La imagen más funesta para cualquier localidad y sus gentes, para una plaza que tiene en su promoción turística externa la mayor fuente de recursos, de esperanza de progreso. Pero que, a su vez, tiene entre sus filas lo que no se abstrae actualmente de ningún espacio geográfico de este país. Tanto en la grada como en el palco.

LasPalmasCordoba2La pasión balompédica surge a finales del siglo XIX como elemento de cohesión grupal desde los barrios obreros de las ciudades industrializadas, marca común para aliviar tensiones, para hacer piña. El capital no tarda mucho en comprobar sus oportunidades de negocio, su rentabilidad económica, pero también social; el fútbol pasa a convertirse, así, en negocio y control, en caladero de simpatías y votos, en germen y pandemia de populismo de traje y corbata, el que sí gusta a la dirigencia. En la capital grancanaria el fatal destino de un balón que cambia una temporada ha puesto sobre el césped sociocultural las llagas que no pueden supurar frente a un ambiente desigual, en el que se dan cita todos los estratos de la ciudadanía separados según su rango de capacidad monetaria. Y, en lo alto, unos políticos que invierten ingentes recursos públicos en acomodar recintos deportivos para encontrar la gloria romana y suscribir contratos publicitarios ominosos, sin retorno real como puesta de largo encubierta a sus aspiraciones de impregnarse del éxito deportivo como triunfo de corte político; dirigentes incontrolables, que alcanzan hasta el indulto penal en su santificación desde las presidencias de los clubes; centros, en definitiva, de negocio clandestino que retroalimentan su codicia con la pasión más sencilla de guiar al redil de la permanencia en cúspides de cristal brillante. Toda esa altura brama cuando su plebe arruina el postre, como si el descontrol fuera ajeno a sus actos y omisiones.

Aquéllos que exaltaron la violencia antideportiva desde las entrañas de la expresión más vanagloriada, precisamente, del deporte nacional, son la propia sociedad y sus fracasos, las que también explosionan festejos colectivos, manifestaciones pacíficas y de rotundo mensaje ciudadano, pero en esas ocasiones las fuerzas del orden son adoctrinadas para golpear sin compasión y, de este modo, los mismos que el domingo vieron afrentado su espacio de santificación desde las alturas del Estadio de Gran Canaria, poder asustar al cohibido individuo que ama el orden y teme la barbarie enarbolando la pantochada de grupos extremistas, barbarie organizada, terrorismo de postín, deambulando por nuestras sombras. No, malquerido dirigente, esos que retumban sin dar voces son los suyos, los que su amor por la desigualdad ha creado.

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