Ciudadanos ingenuos

Tan joven y tan viejo, tan desgraciadamente cotidiano para muchos, resulta necesario rescatar este extracto televisivo de nuestra historia reciente por dos razones: Por un lado, a raíz de la imprudencia de haberlo dejado desterrado de este espacio por la ególatra consideración de que es algo ampliamente conocido, y tal vez no sea así; por el otro, y teniendo un cordón umbilical desde el primer hilillo conductor, a raíz de vernos en la responsabilidad de recordar que la censura es más una costumbre que una excepción en la Radio Televisión Pública estatal, tanto cuando ejercía una exclusividad de pantalla como desde el momento que competía con otras cadenas a través del merchandising de una supuesta honestidad de la guerra fría catódica.

Censura1Tenemos el fresco recuerdo de las últimas legislaturas conservadoras como totems de la putrefacción pixelada de aquello abonado sin pregunta por todos, sin casilla irreflexiva por medio en la renta intermedia; Urdaci fue la brillantina esporádica, con un solo arco iris de putrefacción reconocible a partir de aquellos segundos de rostro cuadriculado, gafas de pastaparte, al final de los finales en uno de tantos dispendios subjetivos, en aquella ocasión sentencia en mano, para dejar clandestina constancia de su debut como inquisidor de la información pública. A pocos años del destierro, tanto de las farsas como de la pesadez publicitaria que tanto nos libramos, tanto la abonamos, hemos sido imbuidos por un punto de cotidiano retorno, en su perversa versión mejorada: Ahora no es cuestión de un vocero con ínfulas de mastodonte del almirantazgo, sino desgraciadamente de una cuadrilla anónima pero armada hasta los dientes, de caninos a molares, que revierten a consciencia y por completo la responsabilidad de servicio público de la radio televisión pública, dejando cadáveres redactores y corresponsales por el camino, a tiro de cámara, contra el paredón del directo.

Censura2Pero lo que hoy se proyecta en nuestra mediata pantalla no habla del presente, sería un error anquilosar el desprecio por los primeros canales frente al mando a partir de la irrupción conservadora de José María Aznar en el poder ejecutivo. Por ese motivo, la retahíla anterior ha puesto en solfa a toda esa clase norectiva de podrido abolengo como antesala a sus sabios antecesores, a los maestros de la censura que hicieron de TVE este pasto que nunca fue prado. En 1986, adolescentes y desaparecidos, las cámaras tan colectivamente costosas, retiraron sus puntos de mira para no disparar su bonhomía de directo con la presencia de Javier Krahe y su apache “Cuervo Ingenuo” que limaba las plumas del ínclito Felipe González y su política timorata frente al armamentismo atlántico, cuestión ésta bien pactada antes que gatillos más pudorosos, más verdeaceitunados, le recordarán como actores secundarios que protagonismo podría tener a poco de encontrarse frente al prime time de las urnas, un año después.

Hay algunos caminos que miles de ciudadanos pretenden cortar para que varíe el rumbo sin señalización que venimos afrontando brotes tras bache. Pero no es menos cierto que la memoria juega el impagable papel de actuar como servidora del eterno retorno, siempre y cuando las generaciones de aquí y antes refresquen sus neuronas para tener mejor punto de mira que la de sus francotiradores, sin prisma. Por Manitú.

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Dos lágrimas caribeñas

El jueves santo de los católicos exportó al Caribe lo grisáceo de sus fastos en recogimiento. De aquí y de allá, las dos aguas, tibias y cálidas, ardorosas en todo caso, de Barranquilla a Ponce, partieron las virtudes de dos castellanoparlantes de alta fábula. El anverso fue la previsible y mundialmente lamentada pérdida de Gabriel García Márquez, con toda sus letras ya solidificadas en la memoria del respeto, la admiración y las vías rápidas de aquellos millones de lectores por llegar. Pero también, superando el secano del DF para divisar las aguas isladas de la lengua popular, el reverso se cobraba el ritmo del sonero Cheo Feliciano, en una curva cerquita de casa, con todo el ritmo aún musculado, con unos 78 años plenos de salsa y sabor.

CheoMarquezBlanco y negro plagado de color, florido en ritmo de música y letra, de prosa y verso. Una noche y dos lamentos. Uno a la espera, el otro inesperado. El primero, con las necrológicas interesadas en imprenta y con la tinta seca hace demasiadas fechas; el segundo, irrumpiendo en las redacciones como un tono desafinado. En todo caso, los lamentos se conjugan con esta manía persecutoria de mirar atrás sin desenterrar lo ya conocido, lo ya disfrutado. Ambos nos han dejado el cénit de sus respectivas virtuosidades, y a través de sus tonadas los conocimos y admiramos, no más allá. No dentro de sus salones, ni a través del recogimiento de sus malas tardes, sus noches incompletas y, probablemente, sin pausa con exponencial manera inversa. Gabo y Cheo persiguieron el reconocimiento popular, tenían quienes escribieran y alabaran sus trayectorias artísticas, pisotearon la pobreza desde continente y la ínsular para acercarse al mar, mirar al horizonte, y saber que el mundo completo era su incompleta frontera.

CheoMarquez2Es indudable que van llegando otras voces, pero la nostalgia debe alucinar de tal modo que cada uno de estos mastodontes de la Latinoamérica más universal no puede caer sin provocar un tsunami que parece conformar olas sin fin. La lengua castellana, la voz del otro lado del océano, perdió hace más de medio siglo su monopolio, su control, con la aparición de funambulistas tan temerarios, con tanto atrevimiento para asomarse a través de los visillos en llamas.

Al ser coétaneos meridianos de los privilegiados de verlos en movimiento, instrumentos sofisticados de ahora en adelante, resulta complicado cerrar un libro, bajar el sonido, y no sentir como que nos vamos con ambos, como si estando tan lejos su arte no estuviera sentado a nuestra mesa más allá de las fechas señaladas, llegando sin avisar en tantas ceremonias improvisadas que hoy, a tantos, nos saben un tanto agrias. En cada amanecer, de solo pensarlo un poco, provocaba un mullido remanso sentir que el planeta daba vueltas con tipos tan existencialmente voluminosos también embarcados. Normal que se apeen antes, que salten por sus bordas dejándonos tantos salvavidas por si el atraque queda a desmano; de todos modos, nadie sabe en qué condiciones llegaremos a puerto, pero cuanto Caribe ha quedado con el agua helada en estos días, encallándonos, gélidos, en el trópico ahora en silencio.

 

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Actores nada memorables

De poco, nada. Absolutamente nada. Rodeados como estamos, creyentes de la excepcionalidad, de tanta vulgaridad equivalente a la que emanamos, le echamos vodka al té haciendo únicamente nuestro papel, que es de permanente extra. Qué bendita suerte contar con miles de políticos, hechos casta, hechos masa, malformados, tan adorables como los futbolistas de camiseta ajena, a los que nutrir con nuestra indispensable condición de enviar balones fuera de la patria.

PocoMemorables1No hay ciudadano que no guarde un arma debajo de su metafórica ropa interior. No hay ser humano que no camine con una tormenta sobre su cocorota, todas ellas empecinadas en complicar algo tan sencillo como es el panorama que le queda, sin fecha pero sin frontera. No es siquiera una afirmación que necesita el contraste de la ciencia histórica, especulativa siempre por cuanto el bípedo es especialista en amoldar su pavor a la excusa más pintoresca de cara a presentarse noble; sólos o en tromba, ensayar lo que no somos ni mucho menos pretendemos ser es hábito que fabrica demasiados monjes a tiempo parcial.

Dicho esto, qué podemos esperar de nosotros mismos, como sociedad, cuando el uno se convierte en miles por una de esas obligaciones demasiado excusables, y el 25 de mayo nos presentará ante unas urnas despotricadas pero que se mantienen cristalinas? A saber. Suponemos un concepto vivo tan peculiar, tan contradictorio. Ya nos están hablando de derby bipolar, televisión prime time mediante, y hasta nos descuidamos comprando cerveza y ganchitos, sabiendo de antemano que del empate no va a pasar la contienda, ya con treinta y tantos años de duración. Debe estar escrito en el guión, pero nos encanta espiar por rendijas a otros que huelen mejor tras comprar su perfume con los billetes grandes de nuestra cartera.

PocoMemorables2Quién representa qué papel es lo que nos queda por dilucidar. ¿Nos hemos traicionado y somos los que estamos instalados en la trinchera equivocada, lanzándonos nuestras propias granadas? Los hechos así lo aparentan, al no dejarnos respirar tapándonos las fosas nasales con la excusa de una fetidez que no es más que oxígeno perfumado. “PSOE y PP, la misma mierda es”, retumba de lejos mientras ellos recontarán, una vez más, toneladas de papeletas, en el mismo momento que González Pons cierra su maleta de viaje, sonriendo sus miserias, y Arias Cañete y Elena Valenciano se manda whatss de mutua condolencia febril, dulces derrotados, ganadores permanentes.

Europa, España, Cataluña, Barcelona, tu barrio, la casa que has perdido, la baldosa en que decenas acaban reposando su exilio forzado; fronteras de arriba hacia abajo, de nuestra trampa hasta las mentiras que siempre quisimos creer. Mientras el maniquí de enfrente nos resulte extraño, tal vez rival, las quejas nos seguirán engordando con sumo colesterol existencial, llenaremos Estrasburgo de cientos de mentecatos con derecho a seguir sonrojándonos a seis mil euros el despropósito, involucionaremos creyéndonos vanguardia del nihilismo generacional. Seremos, pues, actores nada memorables.

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La infecta noche

A estas alturas de la semana, y salvo que habite en un entorno rural extremo, con una climatología enlazada con el ánimo más fervoroso por el rechazo a cualquier tecnología de comunicación con pretensiones de sofisticación superiores a la pluma de ganso, es más que absolutamente probable que haya tenido que visualizar y escuchar esta terrorífica escena:

El programa “La Sexta Noche”, tras más de un año de emisión, se ha consolidado en la parrilla nocturna de los sábados a través de una apuesta al principio arriesgada, esto es, el intento de mantener frente a la pantalla al espectador con un producto de actualidad política a digerir durante más de tres horas. Debe ser la algarabía por sortear la daga de la cancelación en la primera etapa, y la consiguiente irreflexión para explorar nuevos escenarios de divertimento, lo que ha llevado a cimentar como base del ánimo polemista, acapador de televidentes irritados pero sujetos a la dosis de morbo bidireccional, a un tridente de periodistas dispuestos a superar cualquier barrera de educación y respeto por el diálogo sereno con tal de defender a capa y espada cualquier consigna que venga bien remunerada en los faldones y banner de sus correspondientes medios. De Francisco Marhuenda y su boletín sin lectores ya se ha escrito cualquier cosa, y una letra más supondría redundencia nauseabunda; Eduardo Inda, tras dejar Marca como los chorros de la hojalata, más parecido a un folletín de variedades que a un diario deportivo (si algo así puede llevarse a término sin inventar polémicas entre medias de que corra el balón para alimentar la gordura del kiosco), regresó a El Mundo con mayordomo y sin necesidad de arrimar la caspa a la pescadilla que le muerde permanentemente la cola; es sonreir frente a la cámara y disponernos a un buen trago de fanfarronería patrocinada. Así son los medios, de eso comen la gran masa de periodistas que hoy se dedican a las relaciones públicas, no a la información.

AdaColauPero aquel Craso de la requemada figura que es Alfonso Rojo merece capítulo aparte, más aún sobre esa estocada a cualquier principio de corrección en el debate y la serenidad que se presume al que busca el diálogo y, por lo tanto, debe desterrar lo barriobajero. De Ponferrada navegó sin mar hacia la luz pública a través de corresponsalías de guerra que pulieron esa otra fama anterior al teléfono móvil, la conexión permanente a la redacción cuando se encuentra uno en lejanas tierras, inhóspitos conflictos, consistente en tratar por igual de héroes a todos los que se la jugaban en medio de escenarios bélicos: algunos entre balas, otros entre aperitivos; los más en la trinchera, los menos mullidos en la recepción del hotel, poniendo el oido donde otro había colocado su frágil destino al servicio de la profesión. De esas carnicerías, no obstante, regresaron todos con las mismas cicatrices, y algunos en base a famas desmerecidas ocupan asientos en prime time, dejando el gatillo sin el seguro puesto.

En change.org más de 65.000 ciudadanos han participado para solicitar a La Sexta que no invite nunca más a Alfonso Rojo, al insulto. Pero intentar sonrojar a Ada Colau por una cuestión ajena al debate, en la diana de lo personal desde la óptica más barriobajera que ni se puede suponer a un profesional de la comunicación que se precie, a un ser humano que mantenga un nivel de buenos modales en la media (y miren que la media no anda escalando, que digamos) no va a eliminar la vía que ha emprendido un programa que, como toda buena intención, perseguía poner en la diana del interés televisivo la actualidad política y social y, en la actualidad, no ha dejado de convertirse en el griterío de turno en donde el contenido carece de importancia. El escaparate, no obstante, todavía incita a determinados ciudadanos con algo que contar a adentrarse en su plató para poder amplificar cuestiones de interés. Con asuntos como éste, con el show por encima de la idea, no se puede esperar menos que una desbandada a corto plazo de cualquier intervención digna. El resto, como ocurre en la gran pradera televisiva, sólo es ruido o reproche.

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¿Quién me ha atrapado en un meme, un tweet?

No es a tí a quien te ocurre. Nos pasa a todos, los ciclos se suceden con mayor carga vertiginosa que los propios años, que aquellos períodos que, según los ciclos vitales de cada cual, se convierten en etapas fronterizas del ayer y hoy para navegar en etapas que archivan nuestras respectivas, escasas, existencias. Y hay letras premonitorias, veloces en encontrar su sitio en, después y para siempre al relatar lo que toca, lo que va a venir y lo que vendrá sin la pausa de su conocimiento.

AbrilEn la antesala inmediata de una nueva primavera sabemos que las estaciones que sobrevuelan, año a año, nuestro calendario sin importarle los ritmos de la desgracia que sucede bajo sus nieves, sombreando su canícula, están prestas, sin embargo y a pesar de todo, a la revisión de la temperatura que se pueda mascar en sus correspondientes atardeceres. Eso corre de nuestra cuenta; y, algunas letras, pusieron tildes e hiatos en cualquiera de sus períodos con la lucidez de dejar el ritmo abierto a la actualización, sea de la negrura que ésta sea.

En la hendidura del parnaso
donde el ritmo sirve de colchón
el cuento de la dignidad
desprecia el confort.
Y cuando por las redes viaja
la confusión, la tempestad
internautas desmusculados
alzan sus mensajes de caracteres
y braman

Quién ha marcado el devenir
cómo ansío convencerte a tí
quién ha auspiciado este trajín
Lo guardaba en mi servidor
Donde esparzo la falsa contención

La rabia, el anhelo, los fraudes
las lanzas que la infancia quebró
entierran sus colmillos
la cobardía venció
Y cuando en las pantallas plasman
millones de teorías de la conspiración
megabytes de sinrazón
ruedan por las páginas del blog
y en ellos dicen

Quién ha marcado el devenir
con cuantas verdades nos pueden mentir
quién me ha atrapado en un meme, un tweet
inventados como falsa creación
arte maniaco a un click, desde un botón

La narrativa del presente
herencia de pluma que hace tiempo voló
años por segundos
hasta lo instantáneo se ralentizó
y cuando el fraude y la estafa viajan
veloces frente a tanta indignación
derrotada la población
se marchita ante el viejo televisor
el hombre, no el cerebro

Quién ha marcado el devenir
años en venta en nuestro porvenir
quien desmemoria a manos mil
revolución en red, enredada decepción
pira en llamas, malversada combustión

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La fiera de mi patria

Venezuela se enfrenta, poco más de una década después, a una nueva versión del golpe de Estado enmascarado. Si en 2002 la oligarquía del Estado caribeño se desarmó de paciencia y ejecutó por las bravas las intenciones más o menos sibilinas llegadas desde la mercadotecnia de la política internacional, doce años después sus estrategias y tácticas se han refinado con la misma pureza que lo hacen, a diario, los miles de barriles de petróleo que abastecen la maquinaria mundial como cuarto productor del orbe, eso sí, alimentando exclusivamente los bolsillos del Estado y, por ende, de las necesidades públicas de la ciudadanía venezolana.

En la foto, habitualmente, los soldados que comandan este tipo de iniciativas pierden su impostura parcial al no poder evitar, por pura vanidad política, estar siempre en la foto, en primera linea. Ya hace doce años un joven Leopoldo López, como alcalde de Chacao, se aprestaba a legitimar a Pedro Carmona como Presidente de la República de Venezuela, en un movimiento que violaba la voluntad popular sustentada en las urnas frente al ruido veloz de armas y aprensión del máximo dirigente democrático, Hugo Chávez Frías, que estuvo a un tris de ser perforado por las balas del interés del capital con el aplauso de cientos de cabeceras internacionales, referentes de la prensa, la radio y la televisión y en las naciones que se califican como la luminosidad de la democracia del orbe. Y ahí está la madre de todas las violencias, de ese poder del lenguaje que resquebraja, a la velocidad de la savia producida por sistemáticos montajes que crean una conciencia sin análisis, en cuanto al poco valor que le podemos dar, como contenido, al término “democracia” actualmente. ¿Democracia es inversamente proporcional a la capacidad de reescribir la historia o, con mayor especialización, hacerla tuya desde la pura vertiente del control de la reflexión fulminante, el titular sin titubeos, la codicia con demasiadas “groupies”?

Protesta de maleterosLeopoldo López es, perdón por la insistencia, esa efigie de la doble moral del imperio de la “democracia occidental”. Debemos respetar mayorías parlamentarias como si fueran sacrosantas divinidades temporales en el arte de desandar los caminos del derecho y el avance social, pero no seamos capaces de chistar ante algunas buenas imágenes de gente lanzando piedras, quemando contenedores y reclamando la caida de un gobierno democrático si esto resulta de interés para las multinacionales de rigor. No se atreva a hacerlo en su barrio por estos lares, so pena de “antisistema”, “bandolero” y “terrorista”. Pero en Venezuela es distinto, lo dice el señorito Leopoldo López, tras pasar por la preparación del buen golpista de etiqueta. Que aprendan los vivarachos populares en España; ya no bastan con subirse a un atril y ponerse un poco colorado transmitiendo falsa tensión al leer los eslóganes que escriben para ellos sus ujieres de la retórica. Para estar a la altura cuando queremos ganar por las bravas, quítese la ropa de rico, déjese zarandear en medio de gente a la que no se arrimaría ni en un partido de fútbol, y déjese convertir en martir cuando transmute de delincuente a mártir por gracia de sus medios afines.

Venezuela6En Venezuela hay un gobierno que ha alcanzado la mayoría electoral y social durante quince años de manera consecutiva, pero especialmente débil en cuanto a la fortaleza que necesita demostrar ante el enemigo exterior, y resulta complicado desmontar la farsa cuando la neolengua permanente que ha aprehendido la legimitidad del vacuo término demócrata decide volver al contraataque; El gobierno bolivariano no permite emitir a la cadena Telesur, palabra de capital (nada se dice que en Colombia o Estados Unidos los dueños de este medio tampoco han obtenido licencia por cuestiones que nada tienen que ver con cuestiones ideológicas). El gobierno bolivariano cierra medios de comunicación (En Venezuela el 80% de los medios de comunicación son de control privado, y la audiencia total de éstos supera el 90%). Y etcétera, y etcétera. Pero, sobre todo, lo que ocurre en Venezuela es, precisamente, lo que como consigna nos obligan a aceptar cuando la normalización del pecunio duerme sin roncar: que aceptemos lo emanado de las urnas, que seamos mayoría silenciosa, que salir a protestar está muy feo para el poder y para nuestras carteras. Allí, como no hace nada en Honduras o en Paraguay, el poder real (y vaya sí duele tener que escribir de este modo que nos hace parecer paranoicos gracias, precisamente, a machacar esta terminología en la cinematografía o la literatura como si fuera patrimonio de tarados o conspiranoicos) no piensa esperar en la bancada minoritaria ni un segundo más. Y quema con su dinero las calles. Y pone el resultado de la auténtica democracia como desquiciados visionarios, amigos de otros descerebrados, y a una población hambrienta, asustada, que necesita rebelarse para conquistar su territorio. Y lo vemos en la lejanía, y lo ignoramos. Y, si nadie lo remedia, una nueva quiebra a la honestidad humana se producirá en pocos días frente a nuestra miopía de hombres y mujeres con la mente en gangrena.

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Sistema dimisionario

Que jaqueca nos ha dado en esta península moteada de insularidades crispadas con la gratuidad de exigir dimisiones a troche y moche. Que pereza. Empezar la casa por el tejado, un empeño de finiquitar la obra sin haberse leido los planos, sin tener a mano un perfilador de destino con el que diseñar algo más allá de la rabia por tener tornillos de sobra, tablones de menos. ¿No nos hemos dado cuenta todavía que una mayoría absoluta no precisa de cambios de cromos para dejar de ser lo que es, lo que pretende apuntalar en cuatro años que pasan volando? ¿Qué un ministro antipático menos es un sustituto con el mismo manual de instrucciones de manera inmediata? Si el escenario político se compusiera de carteras autónomas, iluminadas todas por un grupo parlamentario plural y capaz de enchufar y desenchufar las reacciones sociales en función de como se vayan encendiendo ciertas bombillas blandas estaríamos situados en un plano evolutivo que, por esencia, se desprendería de esta sinrazón organizativo en menos que grazna un ciudadano.

FdezDiazGallardonDe eso, lamentablemente, no va la cosa. Indignado votante conquense o palentino, por situarnos en la estepa electoral donde se dilucida el equilibrio bipartidista, no desgaste sus gélidas cuerdas vocales en este invierno repetitivo. Reserve sus energías para menesteres de mayor empaque en la aventura del tiempo de futuro. Tal cual está montado el asuntejo, los dos o tres diputados que se reparten en la mayor parte del espectro provincial (tanta CCAA para utilizar como manual de instrucciones electivo un mapa decimonónico tan arbitrario como injusto) seguirán siendo los mismos, vote lo que vote, brame lo que brame. Se quede en casa diciendo “conmigo que no cuenten esta vez” ó se decida por elegir la papeleta que refleje con mayor ahínco el cabreo sordo que le tienen en insomnio social hace ya no se sabe cuanto. Desentume las dudas, la búsqueda de nuevas respuestas. Por ahí su voto descabalgará junto a cientos de miles, todos al sumidero de lo no contabilizado, de tanta opinión popular que no se traslada al arco parlamentario ni en forma de representación humano ni, como mínimo, de escaño vacío que traslade la abstención, la espalda al proceso que ya se sabe repetido como muralla pringosa.

FdezDiazWertOnce millones de ciudadanos han permitido que una decena de ministros respiren en función de las diferentes familias que pelean por el poder en el Partido Popular, y ese equilibrio resulta imposible de restañar porque con lo de comer no se juega. Si el jefe de las fuerzas aceitunadas ordena o permite desechar las olivas más negras, más plásticas y contundentes a presión sobre los que, ahogados antes de tocar el agua, se sumergen en la esperanza de encontrar futuro restando kilómetros, no se enrabiete si dice que Diego es mejor que digo, y que por eso no dice nada que queramos escuchar. Si los tertulianos se apropian de la cultura para que el dogma sustituya a la razón, pelillos a la mar. ¿Qué la mitad de la población ve limitada su capacidad de obrar, siendo tratada como irresponsables potenciales frente a su propia osamenta? Déjelo estar. Total, a saber a cuanto corresponde el kilo de lobby transministerial con respecto al de ciudadano enviatuits.

Claro, puede ocurrir que usted se arrepienta de haber emitido su voto como quien cambia de marca de zumo; o de no haber ido al colegio electoral; o de no tomarse muy en serio esto de la política porque “total, después siempre hacen lo que quieren”. Pero también ocurre que una ley electoral distribuidora de bipartidismo y unos intereses económicos más o menos poderosos resultan más sencillos de sustituir y transformar que el hastío y la miseria de un par de generaciones completas. Mientras nos damos cuenta del asunto, no olvide tomarse la píldora de las decisiones pragmáticas y no haga caso a los Gallardón, Wert, Báñez y compañía. Aunque sonrían, tienen más que claro que no son más que un apellido favorecido y una voluntad quebrada, en manos del verdadero objetivo.

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