La justicia, al servicio del delito

El Código Penal español, reformado casi por completo en 1995 para adaptarse a la normativa de su entorno, establece una frágil ambivalencia entre el concepto de pena, como castigo que cumple funciones de prevención colectiva y escarmiento individual, y la reinserción del procesado, intentando que el cumplimiento de la sentencia promueva las circunstancias adecuadas para que el sujeto no vuelva a delinquir. Esa dualidad a la hora de enfrentar las incorrecciones de la paz social deben calibrarse con meticulosidad casi de equilibrista, ya que pasarse o quedarse corto en las medidas puede resultar catastrófico a la hora de emitir sentencia tanto en las consecuencias del penado como en el escándalo colectivo que supone encontrarse fuera del espacio del sentido común.

Justicia1Por que el ordenamiento jurídico debe inspirarse como principio fundamental en éso, el sentido común más integrador entre las millonarias sensibilidades humanas que transitan en el Estado donde ha de aplicarse las correspondientes leyes y reglamentos. La realidad penal es, sin duda, la más llamativa, la que alcanza el prime time de las portadas cuando las decisiones judiciales chirrían; peor aún cuando la división de poderes da muestras de cierta efectividad y, de sopetón, se reta la justicia y el interés minúsculo, proveniente precisamente del núcleo de donde deberían emanar las respuestas más sensatas, las acciones determinantes para equilibrar las deficiencias de las relaciones humanas. Ver a la Fiscalía de parte de procesados como Miguel Blesa o Cristina de Borbón no puede resultar cuanto menos sospechoso, más aún en una época en que la lucha de clases se demuestra en plena vigencia, con ese derroche de privilegios que están teniendo que gastar de sus reservas los que han podido transitar las últimas tres décadas poniendo rostro de congénere, de ser de los nuestros.

No obstante, el arte del disimulo como una suerte de onomatopeya constante frente a los desmanes allende nuestras fronteras siempre han pretendido refugiarnos en una placidez mezquina a la hora de valorar como se las gasta el pudiente patrio. Los medios de comunicación de más amplia difusión se obstinan en aleccionarnos frente a la violación permanente de la justicia y la moral a lo lejos, donde no debemos siquiera mirar, por si, de casualidad, viéramos otras cosas que echáramos en falta a menudo. Denunciar la impunidad de las altas esferas está muy bien, no cabe duda, y a los pobres de solemnidad nos reconforta estúpidamente cuando un poderoso cae frente a miles de injusticias cotidianas, cuando el que se cree intocable cae de bruces dentro de la inesperada mazmorra. Mientras nos entretenemos con esos castigos, no sólo se cometen atrocidades insoportables, impunes en un entorno sin seguridad ni organización judicial, sino que nublamos ese nada común sentido que debería orientarnos en el análisis del cosmos nacional plagado de imputados que, con sus posibles, sus contactos y unas tasas que destierran del sistema la justicia sin parné, nos han devuelto a un escenario con pantallas pero sin cimientos. En el cuerpo legal todo continúa existiendo, como un espejismo, como si tal cosa, pero no se anime más de la cuenta, cuando se sienta vilipendiado, a gritar que se les verá en el juzgado sin haber contado antes el capitalito del que dispone.

AccidenteTenerife1Mientras toda la herrumbre que se oxidó alrededor del poder político en las últimas décadas cuelga sin demasiado agotamiento el cartel de imputado, a sabiendas que las molestias de transitar frente a las cámaras es cuestión incómoda de poco tiempo, hay una segunda escala de impunidad que evita el crimen, el castigo, y la moderna reinserción del que perturba el equilibrio social. Farruquitos y Ortegas Cano vulneran a diario nuestros titulares, tomando las vías públicas como circuitos de los que deben apartarse los torpes siervos de la gleva que manchan su bólidos. Pasa en el amarillismo más notorio, y en esos señoritos de provincia que ostentan los apellidos, la raigambre política y de clase, así como los recursos para asaltar la triple muerte ajena en la noche del alcohol, las risas y la ausencia de consecuencias. Los pobres reciben el castigo del olvido mientras aquellos, sin despeinarse, comprueban como el sistema se acciona para proteger su buen nombre, su futuro impoluto.

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No me fiscalices tanto, que me da la risa

NoJusticiaHay un cuerpo de juristas, abonado por todos en el saco de esa imposición directa que desangra las últimas arcas laboralmente activas, supervivientes en la entrega de los últimos restos hasta el próximo ERE raquítico, que se dedica a defender al Estado, es decir, en la maltratada teoría, a todos. No es comparable al ejército de colegiados que acuden, con menos alegría que expectativas de cobro, al reclamo solidario de la defensa de los desamparados que se imputan, que son imputados. Los fiscales son, en definición, la voz pública que reclama el amparo de la justicia cuando al otro lado de la bancada judicial se sienta aquel que nos ha golpeado a todos en un tipo delictivo que merece, en la opinión unánime desde el raciocinio de su estructura, alzar la voz para clamar resarcimiento en comandita.

Hay un pequeño detalle que puede desestabilizar la pureza de este cuerpo con los miembros, desgraciadamente, estirados: su acción y, por lo tanto, su reverso, esto es, su ignorancia de la perversidad punible, depende de las correspondientes instrucciones que emanan del poder ejecutivo al ser un cuerpo que depende, normativamente, de decisiones gubernamentales. Por lo tanto, nos encontramos en muchos casos ante la última esperanza de la justicia y toda ella se manosea entre apéndices huesudos que acarician la decisión en función de intereses obscenos, en silencio, sin independencia.

NoJusticia2Tanto es así que este colectivo nos ha abandonado de manera expresa, cuando siquiera confiábamos en su aparición milagrosa, aunque fuera con vendas sucias, con una balanza desequilibrada, desde que una infanta se aposentó en una de las vasijas, torciendo cualquier efecto de equilibrio a la hora de estar en el lugar más estable. Si Urdangarín adelgaza, La Zarzuela, de manera rítmica, ha demostrado su capacidad para sortear el desnivel de los pesos sin perder la sonrisa, con la apariencia de estar alejados de aquel Fiscal que se enfrenta a cualquier acusación para poner en valor la necesidad de pureza monárquica sobre la legislación penal. Todo esto tiene un pase de castigo frente a la candidez de una población que seguía confiando en la independencia judicial y el enfrentamiento de cualquier bípedo con DNI en caso de hacerlo a plena luz del mazo justo. Pero visitar las vallas de Soto del Real, a falta de obras taciturnas, y comprobar como Miguel Blesa echa una cabezadita en acomodada mazmorra a pesar de una traición fiscal con un plebeyo tanto o más pillo que la real infanta, es como corroborar que a ese muro con pinta de solidez le faltaba toda la cimentación que le reclamabas al jefe de obra.

Aquel que jugó a banquero en Madrid, como tantos en vías de extinción libertaria, al menos puede sentir alivio ante su segura condena: aunque las pruebas de las acusaciones particulares le envíen un buen tiempo a la sombra, el representante público de la justicia mirará para otro lado, como sus acólitos fiscalizadores en las correspondientes administraciones lo hicieron mientras se embolsaba las esperanzas ciudadanas.

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A rezar, que son cuatro años

O cuatro décadas, a saber. No contentos con dejarnos exhaustos a diario a base de golpetazos en ambos riñones, los agresores se arrogan el poder sodomita de emitirnos consejos del siglo pasado, del escenario brutalista de los analfabetos creados a conciencia. Ambos órganos, primos hermanos en su vitalidad, reciben mandobles a diestro y siniestro: Por un lado, la violencia principal, la que deja más moratones internos, nos va llegando al ritmo de la destrucción sistemática de la cobertura sanitaria, educativa, social a fin de cuentas de aquello que a la sociedad española le ha costado consolidar de manera, ahora lo sabemos, frágil, de cara a sobrevivir en un escenario falsamente próspero. Desde la vertiente inversa, la sangre se trasluce en la piel más sensible pero, a su vez, menos mortal a nivel colectivo. Sin embargo, estas heridas son las que nuestros maltratadores más se empecinan en mostrar para desviar la atención de la violencia terrible que nos está desangrando, que nos lleva de cabeza a la tumba de la fragmentación social.

TelediarioRezoEn efecto, empecinarse aquellas figuras del Gobierno más débiles en irritar de manera denodada nuestra paciencia, deteriorada de por sí ante la pobreza buscada con la consideración de ejecutar acciones para la mejor administración de las minorías con la apariencia de una acción decisoria en busca de la recuperación de todos, contando electoralmente y a sonrisas forzadas con los desamparados, para el avance sin fisuras de casi nadie, no resulta lógico. Pero es la estrategia más sencilla cuando se aborda un tablero con menos piezas, si bien frente a las más poderosas que parecen pedir tablas en lugar de un jaque que sacrificaría dos reyes en un único movimiento: el del equilibrio de los reales poderes.

Para ese malabarismo de amplia perturbación política, en el que los resistentes de sus privilegios, ajenos a cualquier necesidad o acción real para retornar a la ciudadanía a la que pertenecen, a la que deben sumisión cuatrienal a base de trabajo y sacrificio, boca y oídos, a Rajoy y los suyos no les queda más remedio que acudir o bien a un proceso de inmersión estúpida en forma de goteo, o bien a un sacrificio de dama, en busca de no ver como se rebana el cogote de la pieza mayor, la de la supervivencia de la especie privilegiada. De lo contrario ¿ A qué viene, en tiempos de cólera económica, obstinarse en enervar a los damnificados multitudinarios frente al colapso sanitario, la agresión educativa, el maltrato frente al retroceso de los supuestos de libertad frente a la interrupción del embarazo? Este es el tridente de los casos de amplio espectro, pero se encuentran aderezados por esas salpicaduras que lo manchan todo a base de perlas, a primera vista insustanciales, pero que alteran de tal modo por sus respectivas improcedencias a la opinión pública, y de manera tan regular, que no pueden ocurrir de manera distraida. Parece, por el contrario, que la agenda de actos semanal del ejecutivo estatal debe estar compuesta por la apuesta acerca de la mayor burricalvada que uno de sus miembros deslizará a los medios, alejando así, en la medida de lo posible, del debate público el grueso de las lesiones que nos van impidiendo.

TelediarioRezo2Son éstas muchas, protagonistas de un reportaje de enorme ambición si se pretende ser archivista del disparate; en cualquier caso, no resulta necesario porque de lo contrario se tropezaría con el despiste que, precisamente, esas algaradas pretenden. Los ministros y responsables políticos a cualquier nivel de la administración se encuentran en su innoble capacidad de alzar la voz para que, mientras, repte la miseria entre nuestros tobillos, pero que todos ellos le cojan gusto a la farsa hasta sentar en las cuerdas vocales de los nuevos maniquís del no-do contemporáneo sus proyectos de distracción, algo que resulta insoportable. Sí, ya lo saben, porque eso es lo que les trae discutiendo con familiares y amigos en lugar de continuar planteándonos por qué soportamos un conjunto de leyes electorales, de crédito o administrativas de lo más injustas o desterradas en el panorama democrático internacional. TVE nos animó, de soslayo, a echar unos rezos para sentirnos mas espirituosos que si empináramos el codo con vistas a abandonar a ratitos el panorama sin dioses de pega ni cartón. Lo comentamos con sonrisitas indignadas, entre un café y el silencio. Y a otra cosa. Mientras, los del Consejo apuestan la siguiente canallada, a lo mejor en la capilla de su inmundicia.

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A la rica previsión

Acérquese, oiga, que tengo dispendios de viva voz para todos los gustos. Desde hace un lustro me dedico a levantar la voz de cuando en cuando, como un sigiloso ratoncito enteradillo, y alargo los presagios sin enseñar las extremidades. Diríase que especular es buen antídoto para el vaivén colectivo; reparte esperanzas, que buenos somníferos sociológicos quedan. Si, total, quien se acuerda de las buenaventuras pasadas unas cuantas bofetadas de realidad aturdidoras. Cada día tienen más dedos, más rigidas, más ferruginosas. Más hirientes. Pero, que más da, se nos cae la piel facial a tiras y seguimos, con la otra mejilla, la que siempre queda como rostro de arlequín, vociferando que ni una más, que hasta aquí hemos llegado.

Previsiones1Esto de los pábulos macroeconómicos, con pinta de envite sin rival, se cotiza la mar de bien cuando las pagas vienen mal dadas, peor encaminadas, demasiado torcidas. Cualquier análisis que tenga como objetivo de titular clásico necesita adquirir en su relleno dos aspectos indispensables: esperanza y relatividad. Sin el primero asuma que será relegado al ostracismo periodístico o, peor aún, será despedazado por antipatriota que no tiene ni jota ni cualquier consonante con valor en la báscula de la inmediatez. El segundo, por el contrario, supone la parte artística una vez superado el primer escollo a la hora de ganarse la vida con la derrota más que segura; da igual que la pendiente no vislumbre ni un pedrolo como saliente con pinta de áspera área de descanso, es fundamental caer con un cojin mullido que evite fisuras traseras, que exporte esperanzas en el precipicio. Cierto es que cuando la pendiente llega a tal grado de desnivel que una prótesis es retirada por falta de fondos en el espacio sanitario colectivo, por ejemplo, y somos casi incapaces de vislumbrar agua al final del barranco (siquiera eso), la labor del prestidigitador social supone un Tourmalet sin pedales que, a primera vista, vaticina un costalazo entre árboles picudos. Nada más lejos de la realidad; el exégeta con tres vasitos rumia una bola, un dado sin números, un cromo que saltimbanquea, lo que sea con tal de mantener el circo ambulante de las falsas promesas. Y rueda, y rueda.

Previsiones2Si desempolvamos las mentiras de todos los que continúan levantándose con corbata de rayas, como si el tiempo no pasara por ellos, y se saltan los galgos de la realidad a base de elucubraciones que a saber de donde salen, podemos remontar con cierta desesperanza nuestras primeras pacificaciones al verano de 2008, cuando el FMI aseguraba que España sería el primer Estado de la zona euro que escaparía de algo que ni siquiera era crisis, sino una leve recesión casi como antídoto puntual para coger impulso. Pues como no fue pero nada pasó, las mismas previsiones tomaron gusto por alocarse a la hora no sólo de inmunizar la tragedia, sino que se prestaron a aventurar escenarios a corto plazo con salsa para tomar pan, mojar, y chuparse los veinte dedos. A mediados de 2013 efectivamente paladeamos las huellas dactilares a diestra y siniestra, pero en busca de los restos del último alimento, sobreviviendo a la espera de la siguiente mentira que sacie nuestra derrota. Esa es la realidad de la mayoría silenciosa, la que a Mariano Rajoy le encanta no ver siquiera en las urnas, mucho menos en las aceras. Y se quedan, calladitos, esperando que el debate del sábado noche grite por ellos el hartazgo por no escuchar una nueva previsión somnífera.

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¿No ves que es 2 de mayo?

Y, de este modo, la supuesta heroicidad de contiendas patrióticas pasadas no deja ver los ecos de la guerras actuales, las de las aceras repletas en la jornada universal de la clase trabajadora, que cada día tiene menos conciencia de serlo, que a pesar de volver a ser arrinconada lejos de la ficción de nuevos consumidores se desprecia como leprosos en inquietante contacto.

Las manifestaciones se disgregan en nuevas y particulares banderas, en “quítate tú, para ponerme yo”, unas legales, otras alegales; algunas despistadas, demasiadas con ánimo de puntualidad en la demanda. Si de algo valen las onomásticas colectivas es en base a esa posibilidad de concentrar en el punto de encuentro ideológico incuestionable todas las sensibilidades en lucha. El primer elemento de distanciamiento emerge, paradójicamente, de la mayor fisura del neoliberalismo, al haber arrastrado a la desesperanza continuada a más de seis millones de ciudadanos dentro de nuestras fronteras; muchos de ellos se sienten huérfanos de conciencia trabajadora, al haber sido derrotados de manera persistente por la desesperanza, como desterrados de todo, hasta de sus congéneres, de sus banderas. Y allí donde éstas se enarbolan, avenidas y calles parecen dilatarse como repulsa simultánea de los escudos y colores que vienen a reclamar, en esencia, el asunto de los asuntos, el “no” rotundo al abismo que pretenden embarcarnos.

TrincheraRatonera1Entra aquí en macabro juego el sedante que por más de tres décadas hemos inoculado con la apariencia de un reconstituyente. El malhallado “Estado del bienestar” ha venido a ser una lúgubre ratonera con apariencia de trinchera protectora y solidaria, en la que en lugar de esperar la llegada del enemigo, daba la sensación de estar diseñado para pasar la tarde en un juego permanente, irreconocible en sus reglas pero sin posibilidad de derrota. En lontananza, arco iris por doquier.

Frente a todo esto, se encuentra la más gruesa de las conclusiones ante la ausencia de encuentros y respuestas comunes: seguimos, mayoritariamente, sosteniendo una asustadiza esperanza en que el mal, tal y como vino, se irá. No que los gestores de la cosa pública se enfunden la máscara y bajen a las cloacas para desatascar el sumidero colapsado, ni mucho menos; lo que palpa un notable porcentaje de la ciudadanía es el mismo tamaño de desidia que muestra ante las convocatorias electorales y el valor de su decisión, esa sensación de que uno no cuenta y que el resto se puede ocupar sin mí, pero que cuente conmigo a las buenas. Si aderezamos todas estas cuestiones con el descrédito que nos han impregnado desde los distintos medios de incomunicación hacia las centrales sindicales, así como la sospecha de irreconocibles radicalismos cuando un sondeo de intención de voto proyecta potenciales crecimientos de fuerzas políticas que no participan (al menos, por ahora), del motin frente a nuestra esperanza, la disgregación colectiva y los adoquines relucientes encuentran respuesta.

Hoy es día de gloria, hoy nos permiten salir rojigualdos a tomar la calle. España se zafó de cuajo de la opresión napoleónica, se volvió rebelde de un día para otro. Eso, al menos, cuenta la leyenda. Pero no tomemos recortes equivocados. Ser rebeldes en lo patriótico hoy se debe reducir a lo balompédico y a mostrar veneración porque el status quo actual es un bien que nos legaron esos madrileños navaja en mano. Cualquier inspiración para actualizar la rebeldía y poner en marcha el hartazgo frente a nuevas opresiones es cosa de díscolos a los que no les queda ni el día anterior, que ya se verá si deja de ser festivo para que sea eso, un día más de trabajo.

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Un descanso agotador

Poner distancia ante tantos frentes rugosos, por un período que no podría considerarse en tiempo real ni un intermedio balompédico para recobrar las sales existenciales básicas, está visto que vale de bien poco. Actualmente los balones de realidad se lanzan sobre nosotros con masa de titanio, a toda velocidad, aunque nos intentemos ocultar en el vestuario, a oscuras, meditando como regresar ante los focos con alguna táctica que nos permita soñar en la remontada o, al menos, en maquillar el resultado, para que los silbidos dejen paso a la comprensión, a la confianza en próximas jornadas.

Agotador1Aunque cualquier necesidad de calma humana tuviera a su disposición la autoinducción de un reparador sueño social, al despertar, las mentiras de plasma y la violencia intolerante seguirán allí. Semanas después, Dolores de Cospedal regresará al atril, con la soberbia de costumbre, disfrazada de una Bernarda Alba de baja talla, ojeras en ristre, con la pretensión de un desmaquillaje que elimine las preguntas incómodas, en una simulación que pretende cobrar de una tacada. Lo mismo de siempre, la agresividad de costumbre.

La indignación popular continua in crescendo, levantando el tono y el ritmo a la misma velocidad sanamente estridente con que la clase política canovista se empeña en jugar a ser invisibles a la realidad, en repetir el discurso que les conservó en la falsa opulencia de antaño. Ahora la calle es nuestra, con la valentía de los últimos recursos, el conducto estrecho por el que se han obstinado en conducirnos para jugar a la guerra de los insultos. Miran a Venezuela y hablan de un país fracturado; ellos, que lo polarizan todo, que se empeñan en soliviantar a sus últimas huestes diciendo que los desahuciados a un alto tipo de interés no son más que filoterroristas que pretenden mancillar su paz social, la de los que resisten pasivamente.

Agotador2Saltamos nuevamente al terreno de juego y frente a nosotros nos topamos con la misma alineación, inalterable, a pesar que no son capaces de dar pie con bola: una con fiestas pagadas en comandita corrupción; otra que defiende a golpe de virgen; un justiciero en pos de rescatar el aborto clandestino y los matrimonios indisolubles; el interior que sigue a la ley de su dios para él y para el resto; aquel volante exterior que ve la paja en el jugador ajeno; y todos comandados por un portero ciego y sordo, que prefiere el puro de palco a bajar al césped. El resto del equipo, ni está ni se le espera. O nos ha destrozado la red a puntapiés y nosotros seguimos pensando en el average.

¿Y el teórico árbitro de la contienda, cómo lo lleva? Pues confirmando el nefasto nivel de costumbre, con la complacencia de sus asistentes y demás parentela. La Jefatura del Estado parece agotada de una impostura de tres décadas, de una falsa campechanía que ya le resulta tediosa y, con ese cansancio de fingir, todo el castillo de naipes e infantas han ido rodando hasta dejar las postales veraniegas y navideñas en una mala instantánea de instagram, tomada en posición horizontal. No hay mentira que dure una generación ni sociedad que lo resista, y esto de la impecable Transición ya quedó superado, confiemos que por fin, no por dios. Lo cierto es que volvemos a abrir los ojos tras una hibernación a destiempo y dan ganas de seguir, perezosos, buscando el sueño que no nos despierte de una mentira resquebrajada. Esta etapa ha muerto, viva el futuro de vencedores sin vencidos.

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La dignidad soportable y sus límites

AdaColau3Efectivamente, la dignidad ciudadana, el verdadero compromiso para con la organización de las demandas y preocupaciones ciudadanas, tiene un alto precio. Ya no se exponen los palacios, siquiera las fábricas de potentada humareda, como ostentación y barrera de las clases sociales sin complejo. En los últimos treinta años, con todos sus vaivenes europeistas e ibéricocentrismos, se ha pretendido difuminar el halo de fronteras a la hora de alcanzar, otorgarse y disfrutar de los privilegios sociales y económicos desde la cuna hasta el ataud. Esa monserga de falsa liturgia democrática, con la caída de muros y amenazas ideológicas, se sostiene con murallas electorales más eficientes que cualquier otro estigma de cordón umbilical cercenado. Pero esos ladrillos ficticios padecen tal aluminosis que las porras y el descrédito a golpe de micrófono de pago han tenido que hacerse hueco para acallar lo que pensaban que era controlado silencio. En todo este proceso de dignificación del apaleamiento cotidiano hay un personaje que se ha visto obligado a corresponder al liderazgo sin pretenderlo: Ada Colau. Y lo ha hecho en un colectivo que destaca sobre la movilización irradiada a partir del 15M por dos motivos esenciales: por la concreción de sus acciones reivindicativas y por la necesidad inevitable de centralizar en una voz y un rostro la complejidad de la mayor herida acerca de las consecuencias de la estafa global que padecemos, de tal modo que el juego marcado de los contrincantes se desarrolle en su fangoso terreno.

AdaColau1Ada Colau es una ciudadana que se ha echado a sus espaldas demasiadas cámaras, insoportables actos dignos contra una maquinaria que en lugar de acercarse a su vera para coordinar el acuerdo supremo que les compete se ha obstinado en destruir su imagen de real lideresa, de megáfono sin percusión. Resulta doloroso cobijar las legañas para comprobar como es capaz de enfrentar, sábado sí, sábado también, a tertulianos que calientan las sillas del sensacionalismo más extremo por un jugoso puñado de euros la hora, dispuestos a no dejar hablar, distorsionar y silenciar a mandíbula batiente, con tal de ganarse sus vicios inmediatos a costa de rebatir en grado insumo la pasión y honradez entera de aquella que habla por boca de miles pendientes de no ser expulsados de una vivienda, de no saborear el agrio asfalto por obra y gracia de la codicia del capital. Ada Colau soporta esa redención semana santa antes, semana santa después, si eso permite incluir dos o tres frases contundentemente sinceras y dignas entre la algarabía quejumbrosa de los que han pedido el cheque antes de aparcar frente al estudio. Una victoria de guerrillas frente a una batalla descompensada.

AdaColau2Su exposición a esta radiación es equivalente al terror que produce en el poder económico que un rostro y un cerebro ágil y enérgico condense la demanda de miles de familias que suman y siguen, y multiplican esa división que se produce a diario en el hemiciclo frente al conflicto nuclear de nuestra convivencia. Es una mujer sin pasado, sin adscripción política, y eso los aterroriza, tanto más como el futuro que chorrean esas lágrimas sinceras cuando cientos de ciudadanos la abrazan a modo de colectivo con dos piernas que si tropieza lo hace con disimulo y elegancia. Cuando una terrorista que ordena a diario herir y masacrar intenta definirla como proetarra no hace más que alzar el pacifismo práctico y honrado de una PAH que se alza como la primera gran respuesta ciudadana al atentado cotidiano de este mercadeo que se arden en deseos de cercenar segundo a segundo a todos aquellos que pretende disponer como siervos de la gleva. Demasiado peso público en sólo dos hombros. Que no le falten solidarias extremidades donde apoyar sus virtudes, extraordinarias.

 

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